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domingo, 29 de marzo de 2015


TRASTAMUNDA

Foto y texto de  Otrova Gomas.

 
 

 

(La presente historia forma parte del libro de cuentos “Oyendo a Los gatos”, con obras de varios autores que pronto será editado por la editorial digital El Librero)

 

La gata miró al ratón. En el momento en que sus ojos verdes y profundos lo encontraron, este le maulló, haciendo que la felina dejara escapar una sonrisa y levantara los bigotes en gesto de sorpresa.
Trastamunda, como la llamaban, no era una gata cualquiera. Negra como la noche, a sus dos años y medio ya había agotado seis de las siete vidas con las cuales el dios de los gatos la bendijo. Tampoco eran normales las circunstancias de aquel tropiezo. La gata no estaba en territorio propio. Semanas atrás había salido de la casa en donde vivía, y dando vueltas por las calles se introdujo en el boquete oscuro y escabroso de una vieja vivienda abandonada.  

Para ser precisos al remontarnos al pasado, cuando perdió su sexta vida Trastamunda se desilusionó de todo lo que le rodeaba. No es que no quisiera vivir, pero sabiendo que ya solo le quedaba la muerte como futuro cierto, se desprendió de los sueños y empezó a rondar por las cercanías metiéndose en cualquier lugar sin que le importaran ni los riesgos ni el peligro.  Tiempo atrás, mientras descansaba con los ojos cerrados en el cómodo sofá del hogar donde la habían aceptado, se dio cuenta de que había extraviado la brújula de su futuro y las coordenadas que le marcaban el camino. Aunque la naturaleza la presentara como un animal aún joven para su especie,  al haberse reducido sus márgenes de supervivencia mentalmente se volvió una anciana.

Su vida había transcurrido como la de casi todo los gatos de este mundo.  Nació bajo un puente y después la madre le abandono al igual que a sus hermanos. Sobrevivió cazando a uno que otro animal de paso o que buscara instalar su residencia en las zonas donde dormía, y visitando un restaurant cercano, donde una tarde, la furia del dueño al descubrirla hurgando en la despensa hizo que la agarra por el cuello y la lanzara contra un auto que pasaba.  Esa tarde, la violencia del golpe se llevó su primera vida. Arrastrándose se escondió en una marquesina solitaria para morir, y en la cual también recuperó el ciclo vital de su existencia.

Justo cuando cumplía  su primer año, perdió la segunda. Tuvo la desgracia de cruzarse con un pastor alemán que al verla ladró entusiasmado y le saltó encima, pero no para acariciarla enamorado sino para volverla almuerzo. El enorme perro entrenado para matar la pisó fuerte con las dos patas delanteras y le clavó los dientes en el cuello, pero cuando empezaba a degollarla perdió un colmillo. Del susto, el feroz dogo la soltó en el acto y se fue aullando atormentado ante el miedo de perder los otros.

Ella renació de la tragedia, y seis meses más tarde cambió en algo su ventura. Un día de lluvia intensa, viéndola mojarse bajo un cobertor improvisado, una señora misericordiosa detuvo el auto y se la llevó feliz a su morada.  Allí empezó a llamarse Trastamunda y cambió la vida. Pasó de la soledad extrema y la inclemencia de la calle, a una casa confortable en donde le brindaron cariño, alimentos, varias poltronas y un gran cojín para que disfrutara en paz sus pensamientos. Hasta que la familia de acogida, temerosa de que sus futuras inquietudes sexuales pudieran llenarles la casa de gaticos, decidió esterilizarla.

Por esas leyes ocultas que rigen la desgracia aquella operación resultó traumática. En ausencia del veterinario, un aprendiz tratando de ligarle los órganos reproductores le desligó una arteria, y la pobre gata se empapó de sangre. Fue tan mortal el daño que por las desgarraduras internas se le fue en rojo líquido la tercera vida.

Renació después, pero le costó restablecerse. No tanto de las heridas  como de saberse yerma. Todas las quimeras de llegar a tener una familia y poder saltar con sus pequeños hijos se disolvieron. El sueño secreto de las gatas es multiplicarse, oír el  maullido de los retoños y verlos juguetear con sus primeros ratones hasta que ya son capaces de matarlos solos, pero el suyo desdichadamente se había ido. Sin quererlo, la piedad de la mujer que le ofreció la salvación contra las miserias de la calle se tornó en crueldad y la dejó sumida para siempre en la mayor de las tristezas. Aquello le produjo un estado depresivo tan intenso que explotó una noche. Maullando en llantos desesperados por la amargura de no tener futuro, se lanzó de cabeza desde el techo de la casa apostando al concreto en contra de su cráneo.  En la caída no abrió las patas ni trató de girar en el aire como es propio de los gatos. Deseando morir cerró los ojos y se entregó a la gravedad confiada en que el golpe la liberaría del desconsuelo. En ese impacto terrible se quedó su cuarta vida. Fracturada por todas partes, adolorida y cubierta de sangre mientras agonizaba, empezó a llorar desesperada. Hasta que un vecino molesto por los maullidos insoportables le disparó varias veces desde su ventana, arrebatándole en la misma noche la quinta de sus ya pocas y restantes existencias. 

Trastamunda se salvó de nuevo por la compasión de su benefactora. Viendo a la gata inerte corrió desesperada y la llevo al veterinario, que con un gran esfuerzo se la arrancó de las manos a la muerte. Pero ni el gesto, ni el afecto ni las caricias que después le prodigaron fueron suficientes para disolver las desolaciones de su espíritu. El infortunio no perdona cuando se clava en el pensamiento. En la reflexión gatuna, y como ha sido norma en ellos desde que el Gran Gato inauguró el árbol Yeshed en la Heliópolis del antiguo Egipto, aunque parezca que solo miran y duermen, la vida gatuna no tiene sentido sin proyectos. Pocos saben que en su aparente descansar y esa quietud impresionante, los gatos reflexionan forjando grandes planes para algún día en el futuro.  Por eso en ella persistió la idea del suicidio, y esta vez se entregó descontrolada en los brazos embusteros del alcohol.

 Aprovechando las ausencias de sus dueños y evadiendo las miradas del servicio empezó a beber. Bebía mucho. Cada día y todo el tiempo. Ron puro, wiski o ginebra, cuando no los viejos coñac que el dueño de la casa guardaba en la parte trasera de la cocina.   La pobre gata ebria se paseaba dando traspiés de un lado al otro, cayéndose a cada instante y maullando necedades sin sentido.  Los dueños preocupados por el animal trataban de averiguar lo que le pasaba, hasta que por el olor a alcohol que desprendía descubrieron que se había vuelto una borracha empedernida, sin que pudieran controlarla ni imaginar de donde lo obtenía.  Fue a los tres meses de aquella dipsomanía etílica, que el exceso de ron puro le perforó los intestinos y le arrancó entre respiraciones silbantes y estertores la penúltima de las vidas.

Hubo de pasar casi un año para que se recuperara al mundo. Pero lo logró. Para eso los gatos tienen siete vidas. Solo que cada vez más indiferente a todo los que le circundaba, sin amores al haber perdido su potencia femenina,  sin hijos y sin saber de sus hermanos ya disueltos en el tiempo y en el torbellino de la gran ciudad, comenzó a vagar como una fantasma por todo el vecindario y los lejanos. Desde entonces no regresó a la casa y para siempre se quedó sin nombre. Volvió a ser una gata de la calle. Comía si encontraba alimentos en la ruta hacia ninguna parte y nunca nada le afectaba. A veces durante varios días y sus noches caminaba incansable sin trazar el rumbo.  Pasaba estoica al lado de perros enfurecidos que le ladraban,  pisaba cables que podían estar electrizados, se mojaba en la lluvia intensa y cruzaba las avenidas lentamente sin mirar a los autos que casi la pisaban; hasta causó varios accidentes en conductores que trataron de esquivarla. Desnutrida y despelucada buscaba la  aniquilación que no llegaba.

Era un domingo de luna llena cuando penetró en el hueco de la casa abandonada y que en la tenebrosidad del sitio sus ojos se tropezaron con aquel ratón que le maullaba.

Superado el primer impacto, reaccionó diciéndole: 
-Maúllas, ¿Tú hablas el leguaje de los gatos?

-Sí -le contestó el ratón- lo aprendí hace tiempo. Me escapé del laboratorio donde nací y me cuidaron para usarme. Hace un año me inyectaron un virus mortal contra el que soy inmune, pero lo cargo adentro y me trasformó en la muerte andando. Por eso vivo aislado. Gracias a otros compañeros ya asesinados en esos experimentos diabólicos supe de ustedes y del peligro que representan para los ratones,  y fue cuando decidí aprender el maullar gatuno para abrir una puerta al dialogo el día en que los encontrara.

-¿Vives solo en esta caverna?

-Sí, pero puedo ser tu amigo. Podemos salir juntos, charlar, conocer sitios. Soy un ratón amigable y buena gente. Quisiera serte útil. Solo pide, que todo es posible.

Trastamunda lo miró.  Sus ojos perdieron algo de su brillo y guardó silencio.  Luego, repentinamente y sin que el pequeño roedor pudiera hacer nada, sus garras saltaron en el aire partiéndole la columna en dos y dejándole muerto en cosa de segundos.

Apenas lo constató, miró el cadáver y lentamente empezó a comérselo.  Aquel pequeño animalito se había ofrecido para ayudarla, y ella le dio el privilegio de que con el mortal virus que cargaba le quitara la séptima de sus vidas. La última que le quedaba en su angustioso paso por el mundo.
 
 

domingo, 22 de marzo de 2015


EL ETERNO DEMONIO

 


Ubique Daemon

 Texto y fotos: O.G

-Lo vi, coño, tenía alas negras, cuernos, y un tridente y estaba rodeado de candela… te juro que lo vi, coño…
(Balbuceo frecuente en los bares de Andalucía en la época de la inquisición).

 
 

El Demonio, el símbolo absoluto del mal, al igual que dios se halla en todas partes. Pero a diferencia del señor de la bondad, el mentiroso del mundo, ese personaje siniestro en quien la perversidad no conoce límites está hecho de paradojas: es la constante de todas las religiones aunque ellas discrepen entre sí; está separado de los hombres y se sirve de las bestias pero vive entre nosotros; es un ángel, pero es un ángel execrado; se le desprecia, pero se le respeta  por temor al fuego celestial, y a pesar de lo que dicen sus detractores, su aureola de candela posee un versallesco encanto, porque nos recuerda que hay a quien venderle el alma a la hora de una necesidad extrema.
 
Satanás o El príncipe de las Tinieblas, como también se le conoce, es un personaje antiguo. Ya hace mucho tiempo, en la lejana  Persia dominada por los zoraostrianos  vivió como Abriman, enemigo a muerte de Ormúz que representaba el principio supremo del bien en  la religión Mazdea.   Zarathustra, padre mortal de ese engendro maligno vivió bajo sus embates a consecuencia del odio y el temor que despertaba. Según los adoradores del fuego, habrán de pasar doce mil años para que su otro hijo, Shaoshyant, el redentor, lo derrote y se abra una era eterna para el bien. Hasta entonces el diablo persa estará activo en todas partes con sus poderes bestiales y furibundos.

El nacido en Arabia, el musulmán: Iblis, fue expulsado por Alá por su orgullo de creerse superior al hombre que había creado: Adam.  Para los extremistas modernos de la religión del profeta hoy se encarna en la figura de cualquier cristiano, pero  no quieren ver que son ellos los que se encuentran poseídos.
 
 
 

 

En Japón los espíritus diabólicos, Tengu, se muestran como los duendes del bosque, con largas narices como el  pico de las aves de rapiña.  En lejanos territorios viven los diablos africanos, entelequias innombrables, personajes invisibles y turbulentos que como en todas las sociedades primitivas se encuentra por doquier y viven en las profundidades oscuras del mundo.

En el cristianismo, como lo recordó Papini, su presencia es una tragedia en cinco actos: Acto primero: Satanás se revela contra Dios. Acto segundo: Satanás es confinado y sepultado en el abismo. Acto tercero: Satanás para vengarse seduce al hombre y se adueña de él. Acto cuarto: el hombre Dios con su encarnación lo vence y proporciona a los hombres las armas para vencerlo. Acto Final: En la consumación de los tiempos Satanás intentará su revancha y se desquitará por medio del Anticristo. Para expertos en demonología ya estamos en el episodio  final.

 
Según los viejos ejércitos cristianos,  para derrotarlo solo se pueden emplear la cruz del señor, las campanas de la iglesia o el poder de los exorcistas. Aunque ya la moderna cristiandad acepta que se les rocié con fuego y pólvora.

 
Foto tomada de los archivos del Infierno
 

Para la religión comunista y para los yihadistas   el diablo son los Estados Unidos de Norteamérica, al que le ven más cuernos de los que tiene, sin percatarse del terrible demonio que hay en los sistemas políticos que ellos pretenden instaurar. En su contradicción le temen y lo amenazan, disfrutan sus abundancias pero las hostigan por estar ensalmadas, y como en cualquier pueblo primitivo piensan que esos bienes exquisitos se apoderan del alma humana y la envilecen.

 
 
 

Si bien el diablo tiene sus propios adoradores directos, como la secta de los Yezides, que habita en el monte Sindyar, existen los que solo le rinden culto, como el Conciliábulo de Mastrosfan, que ofrece sus mujeres al demonio en las noches sin luna,  o los grupos de Rock duro como el de Manson, o el Anfiteatro de los Hijos de Satanás, devotos fieles de la candela eterna, o los Urufos, fugitivos que rondan en el corazón de las selvas de Burundi y obligan a sus adeptos a matar la mayor cantidad de seres vivos para liberar al mundo del pecado.
 
 
 
 

Es difícil entender como el buen dios, si es que existe, pudo crearlo y permite que en estos turbulentos tiempos actué libremente y sea él quien rija la conducta de los hombres con sus banderas de trabajo: la envidia, el robo en toda sus formas, la lujuria, la traición, el crimen, la mentira, la adulación, la tiranía, la ambición desmedida y toda una inmensa gama de pecados capitales y provinciales.

A pesar de todo, su poder y la expansión en todo el planeta nos lleva a  pensar que la cosa fue al revés,  es el demonio quien creo al hombre, y entre otras cosas inventó la figura decorativa de un dios pasivo que más bien dan ganas de llorar.

Hoy se sabe, y es aceptado por los representantes legales del infierno, que su amo es el responsable de la superpoblación del planeta, la principal causa de todas las desgracias conocidas que hay en este desconsolado mundo.