Share It

sábado, 30 de agosto de 2014


LAS NOCHES TURBIAS


  
LA SEGUNDA MOSCA

 
 

Julio Balmoral nunca se imaginó que aquella tarde, mientras besaba con pasión las piernas de Nina y disfrutaba de los sabores exquisitos de la carne cruda, alguien observaba la parte trasera de su cuerpo desnudo por la mira telescópica de un rifle M16A3 cargado con munición 5.56, capaz de atravesar a mil metros un blindaje liviano.
En la vida de Balmoral el tiempo había trascurrido para muchas cosas. Ya hacían cincuenta y ocho años que vio por primera vez la luz del mundo junto al rostro de dos enfermeras sonrientes, treinta que se había graduado de economista en la Universidad de Buenos Aires, diez que se casó con la hija de su peor enemigo solo para provocarlo, cinco que lo nombraron ministro del Trabajo, Empleo y Seguridad Social, tres que consolidó una fortuna cercana a los trescientos millones de dólares tomados de los fondos del organismo en combinación con Mauro Picachoni, uno que había renunciado a la rica cartera ministerial que le confió el pueblo argentino, nueve meses que su esposa lo había abandonado por la vida de desafueros, mujeres y farras en la que cayó por la posesión de tanto dinero, seis meses que se había iniciado el escándalo público que lo involucraba en el desfalco, cuatro meses que empezó a acostarse con Nina, la esposa de un coronel del ejército buscando apoyo espiritual de gente vinculada a las fuerzas armadas, tres semanas que empezó a sufrir de insomnios y taquicardias por la ansiedad que el juicio le causaba, diez días que una pitonisa le predijo larga vida aunque la raya que marca su duración apenas le llegaba a la altura del promontorio del pulgar, una hora que había entrado a la habitación de su lujoso apartamento en Belgrano, cuarenta y tres minutos que llegó su amante, treinta que empezaron a acariciarse, veinte que el hombre que iba a darle la visa para el otro mundo empezó a obsérvalos con unos catalejos desde la azotea del edificio de enfrente, y diez, desde que empezó a pasear varias partes de su cuerpo por el cruce de rayas de la mira telescópica de un fusil montado en un trípode y protegido por un silenciador.

Poco tiempo después de la muerte de Picachoni, Kurlo ya había integrado toda la información recabada sobre el ex ministro a pesar de la fuerte guardia privada que le rodeaba. Esta comenzó con el seguimiento y estudio de los lugares que frecuentaba, sus horarios y la regularidad con que veía la hermosa esposa del coronel, así como cada uno de los pequeños actos de su vida cotidiana, incluyendo los horarios de cambio de la guardia que le protegía.

Gracias a la regularidad de los seres humanos sobre sus patrones de conducta, desde hacía una semana su ejecutor podía determinar con los ojos cerrados y un mínimo margen de error el sitio en donde se encontraba su presa y que estaba haciendo. Curiosamente, escuchando las grabaciones que hizo de sus teléfonos, se asombró de la calidad humana del individuo. Era un ladrón, pero compartía generosamente con los demás. Ayudaba amigos, a compañeros del partido y hasta había abierto tres importantes fundaciones, una para dar becas de orientación a hijos de personas sordas, mudas y ciegas, otra para completar la entrada del cine a muchachos de la calle a los que siempre le faltaba algo para poder entrar, y la tercera, una extraña empresa humanitaria manejada por dos biólogos excéntricos que daba hogar a los hijos huérfanos de zancudos muertos en acción, la cual se orientaba básicamente a amamantarlos, y luego a eliminarles el piquito para que cuando fueran grandes pudieran convivir amistosamente con los humanos.

Tres noches antes antes de la fecha escogida para la ejecución Kurlo seleccionó el arma. Descartó el rifle M16A2, por el A3, cuyo cañón más robusto estaba diseñado para disparar la nueva y más precisa munición de 5.56 milímetros de la OTAN, que además de tener un poder de impacto superior tiene mucho más alcance. De inmediato se trasladó a una finca abandonada en Paraná, para lo más importante que debe hacer todo francotirador que se respete: calibrarlo. Para él, que era un viejo aficionado a las armas largas no hubo necesidad de hacer más de cien disparos a varios objetos iluminados en la oscuridad para ponerlo a punto. En varias descargas lo fue ajustando y entre ellas se reposaba mirando la inmensidad del cielo estrellado. Su obsesión por la explicación física del mundo le regresó a pensar que ese universo impresionante que escapa de toda posibilidad de análisis racional, tenía que haber aparecido a partir de una borrosidad cuántica, pasando a la existencia por efecto túnel y luego evolucionar de la manera clásica. Pero cerrando los ojos indefectiblemente volvía a caer en la incertidumbre de Halliwell, según la cual, por la gran dificultad de comprobación de la cosmología cuántica no es posible determinar de manera concluyente si las propuestas de no-contorno o tunelización son las correctas para la función de onda del universo.  Pero lo cierto es que fue una noche sombría para las bestias del lugar. Los perdidos zorros grises y carpinchos escuchaban atemorizados el tronar de aquellos disparos misteriosos que se esparcía en la oscuridad despertando pájaros y presagiando un funeral. Un búho muy nervioso y con fallas cardíacas serias que estaba cerca del sitio de los tiros, cayó muerto creyendo que uno le habían dado.

La mañana de la ejecución se levantó tarde. Sabía la hora a la cual llegaría la amante de Balmoral, y aunque no le agradaba tener que hacerlo con ella presente, solo en esas ocasiones el ex ministro les daba de alta a los guardias y al servicio. Cerca de las tres de la tarde se trasladó al sitio escogido para liquidarlo. Era un edificio moderno situado en la cuadra enfrente de la residencia del ex funcionario. Entró disfrazado de empleado de la electricidad, y después de saludar al vigilante, al que ya conocía por varias visitas anteriores en un supuesto trabajo de mantenimiento, ascendió silenciosamente por las escaleras hasta llegar al sexto piso. Allí abrió la puerta de la azotea. Verificó que nadie le observaba desde los edificios cercanos y se acomodó en un pequeño sotechado, que además de protegerle de miradas indiscretas le permitía tener una visión directa sobre el ala derecha del pent-house donde estaba el dormitorio.

Con cuidado y una lentitud casi insoportable para alguien que le hubiese estado observando, fue sacando el fusil y sus complementos de un pequeño bolso con las insignias de la compañía eléctrica de Buenos Aires. Lo fue armando con la misma parsimonia y luego de montarle la mira telescópica y el silenciador, lo cargó metiéndole tres municiones y lo colocó en el trípode. Después de echar una mirada al reloj se llevó las manos tras de la cabeza y se recostó a esperar. A la media hora, tal como lo había supuesto vio llegar a la mujer de juego doble. Era rubia, pero como siempre llegó con una peluca negra y unos lentes oscuros que le ocultaban media cara. Kurlo les miró por unos minutos con sus catalejos, y notando que repetían la clásica escena de besos y abrazos del reencuentro, los dejó a un lado y calculó los quince minutos en que entrarían a la habitación.


 

Cuando Nina empezó a desnudarse volvió a tomar el larga vista. Era una mujer bella. Su cuerpo relucía en la distancia. De piernas largas perfectamente torneadas, sus dos pechos naturales y abundantes parecían hechos a la medida para integrarlos provocativamente a la figura llena pero estilizada. El rostro era una mezcla. Tenía algo de francesa por los ojos vivaces y de lituana por la gentileza de la boca mientras el cabello rubio descendía en cascada a la noruega.  El contrastaba por la obesidad ventral y el rostro de mapurite entrando en la vejez.

Aún de pie, los dos amantes desnudos entrelazaron sus cuerpos y comenzaron a besarse con pasión.  Balmoral empezó a morderla tras las orejas mientras le acariciaba los pezones con delicadeza, y luego fue descendiendo del largo cuello de líneas perfectas buscando el promontorio de los senos. Se detuvo entre ellos y comenzó a besarlos con fogosidad mientras las manos agitadas le profundizaban el entre piernas. A los pocos minutos y sin poderse contener abrió la boca y empezó a succionarlos con gula desmedida, luego la lanzó sobre la cama y le fue arropando el cuerpo con un tejido invisible de besos por todas partes, hasta que ella hirviendo como una hoguera abrió las piernas y se le entregó desesperada.

Kurlo, sensibilizado por el espectáculo, dijo para sí en voz muy baja:
-Bueno, parece que va morir feliz.
Cuando los vio iniciar la cópula dejó de nuevo los catalejos y esta vez tomó el rifle por la culata poniendo el dedo en el gatillo. Durante pocos minutos solo miró el cuerpo de Julio Balmoral en el cruce de las rayas marcadoras de la mira telescópica. Primero se paseó por su cabeza, luego por la columna vertebral y regresó de nuevo a la cabeza. En un momento en que el hombre se arrodilló para disfrutar mejor del agite sexual de la mujer, cambió de parecer y esta vez se paró en el pulmón izquierdo a la altura del corazón. Fue en ese instante que apretó el disparador. Un sonido amortiguado, de apenas quince decibles se propagó durante algunos segundos por la azotea y el proyectil impulsado por la nitrocelulosa, cediendo la energía residual rompió el vidrio de la ventana atravesando el corazón del objetivo. La bala con núcleo de acero perforante reforzada con níquel cadmio le entró por el ventrículo derecho a una velocidad de mil quinientos pies por segundo, y después de su breve paso por la masa muscular y el pulmón, cortó en cuatro pedazos el tabique ínter auricular izquierdo desintegrándole el fascículo de His y la red de Purkinje. Al  pulverizar la válvula mitral, el disparo hizo bajar la presión sistólica de Balmoral a un nivel que por mucho que las fuerzas de la vida traten de mantenerse en pie es insuficiente para la vida (*)


Mientras la víscera madre del otrora poderoso ministro perdía la capacidad de generar ondas de contracción y conducción, en su cerebro un vaho ambiguo y confuso de placer y dolor agudo, de excitación y decaimiento repentino, de euforia y miedo instintivo lo transportó desnudo al otro mundo. Lo hizo cerrando los ojos y desplomando poco a poco el sexo insatisfecho. Luego su cuerpo cayó al lado de la cama en aparente estado de somnolencia, dejándolo en ridículo con la frustrada Nina, que no podía entender como un hombre podía caer dormido estando en pleno acto carnal con una belleza como ella.

 
 
 

En ese mismo momento, una milésima de segundo después para ser exactos, por esas sutilezas de la ley, la inmensa fortuna esquilmada al pueblo argentino pasaba ahora a ser propiedad de la viuda y los dos hijos de Julio Balmoral, que a menos que la devolvieran pasaban a ser cómplices indirectos del asalto ministerial por aprovechamiento de objetos provenientes del delito.


(*) A los solos efectos de estudiar el caso en relación matemática, si consideramos en una esfera aislada el sistema formado por el corazón de Balmoral y el proyectil que le mató, y en ella el movimiento lineal es 0 y el final es Mv+mu, la parte Q de la energía de combustión de la pólvora en el ánima del cañón fue la que convirtió en energía cinética el proyectil que le quitó la vida al corrupto, lo cual se puede describir con este gráfico completamente carente de implicación política:


o sea
 
 
 
 
Continuará en la edición completa.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Las noches Turbias IV entrega


 
 
LAS NOCHES TURBIAS
 
 
 
(Penúltima entrega en este Blog antes de la ediciòn)
 
 
 
CAPITULO VI

 

EL INICIO
 
 
 
 

 

 
 Cinco días después de la reunión con los representantes de la organización punitiva Kurlo hizo un balance detallado de la situación. Ordenó las notas acumuladas durante esa semana, y tras revisar el estados de sus cuentas en los bancos apagó la portátil haciendo un guiño de complacencia. El dinero en divisas y el oro de veinticuatro quilates habían sido depositados. Abrió la gaveta derecha del escritorio y agarrando una pequeña linterna se la guardó en el bolsillo. También tomó su pequeña Walter PPK, y constatando que estaba cargada se la fijó en la parte trasera del cinturón. Solo le quedaba ir al viejo galpón de Palermo donde deberían colocarle los diamantes del primer pago del contrato.

Salió sin hacer ruido. Frente al ascensor se bajó más el gorro de beisbolista que le tapaba parte de la cara, y se puso unos lentes oscuros que lo camuflaron totalmente. Ya en la calle, simulando ser cojo se dirigió hacia el auto rentado que tenía parqueado a tres cuadras del edificio. La razón para ocultar su presencia en el vecindario era desvincularse del incendio que se produciría esa noche en el apartamento.

Condujo por las arterias transversales hasta tomar la autopista del norte, integrándose al torrente de autos que la desbordaban por ser el fin de semana. Al llegar a su destino redujo la velocidad frente a un viejo edificio industrial situado en la parte trasera de Palermo. En la calle solitaria, la edificación mostraba un abandono total rodeada de desperdicios industriales, mugre acumulada con el tiempo y el esqueleto de varios autos desmantelados. Pasó lentamente, y al dejarlo atrás se estacionó en una esquina diagonal. Después de comprobar que no había nadie por los alrededores, se encaminó hacia el inmueble simulando la cojera. La puerta principal estaba cerrada con unas trancas de hierro, pero la abrió sin dificultad mostrando que conocía sus truculencias. Adentro reinaba la penumbra miserable y deprimente de las fábricas abandonadas. Extendiendo la mirada revisó el salón principal y subió por la escalera que conducía al primer piso. Desde allí pudo tener una visión completa de la antigua factoría. Por unos minutos se quedó estático, y aunque no había ni un alma, su imaginación le hizo escuchar el ruido de las máquinas y las voces de los obreros en un día normal de trabajo de otros tiempos.

Aquella había sido una importante fábrica de palillos, la más grande de Argentina, que además de cubrir las necesidades de ese inmenso país consumidor de churrascos, exportaba millones y millones de los puntiagudos palitos hacia Europa y Estados Unidos para ayudar a quienes se les atascaban migas de carne entre los dientes. Era uno de los derivados industriales complementarios del mayor país exportador de bifes de la época.  Pero con la crisis económica que comenzó con las demagogia de la segunda Evita, la demanda interna se vino abajo y también sus exportaciones. Los economistas del gobierno no sabían a que achacarlo, si al hecho de que la gente prefería el uso del hilo dental americano con sabor a fresa que inundaba los mercados, al crecimiento del consumo mundial de chicle, o a la lenta penetración china con el mondadientes familiar plástico, reciclable y mucho más barato. El hecho es que cualquiera que fueran las circunstancias hicieron fracasar el otrora próspero negocio. Allí trabajó Kurlo durante una época como probador de puntas modelo para su posterior torneado en serie.

Ante la desolación del sitio, le pareció ver los enormes mesones con centenares de sillas para los trabajadores que afilaban a mano a los palillos cuando fallaba la electricidad. Recordó que los dueños trataron de salvar la industria cambiando de línea y fabricando palitos de madera en forma de dedo para limpiarse las narices, pero el público argentino amarrado a sus tradiciones gauchas prefirió seguir usando el índice. Aquello acabó con toda esperanza de recuperación de la compañía. La escandalosa quiebra dejó en la calle a más de dos mil trabajadores, y lo más grave fue que en pago de sus derechos laborales solo recibieron palillos, unos ya afilados, y otros todavía como pequeños rolitos listos para ser recortados y sacarles punta. Un verdadero escándalo laboral que conmovió al país, sobre todo a los que recibieron las maderitas sin afilar.

Despertando de aquel letargo pasajero Kurlo se dirigió al baño de obreros situado al fondo del pasillo. A pesar de que la oscuridad era casi total, su adaptación a la penumbra le permitió ver los pedazos de tubos rotos, zapatos tirados y restos de madera. Acercándose a una mugrienta letrina medio rota levantó la tapa del tanque de agua, y alumbrando con la linterna vio en su interior una caja negra camuflada en el sistema de desagüe. La tomó con cuidado, y al abrirla, la luz le rebotó en la cara por la refulgencia de un manojo de diamantes. La cerró a toda prisa y salió del edificio. Una vez que estuvo en el auto tomó de nuevo el rumbo a casa, donde con calma revisaría las piezas calculando su valor.  Con ellas, el primer pago del negocio estaba hecho y cada vez se aproximaba más la hora del comienzo.

 

++++

 

La tarde de aquel día fue agradable. El saber que tenía una pequeña fortuna en los bancos offshore, y el placer de tocar y encandilarse con el paquete de diamantes blanco puro le producía un gran deleite. Tomaba las piedras con las manos y dejándolas caer sobre la cama en tono de cascada disfrutaba del destello. Después de clasificarlos en tres grupos, los de menos de un quilate, los que estaban entre uno y dos y los que tenían más de dos, empezó a guardarlos. Los pequeños los metió en una caja de esos juegos para hacer collares y los revolvió entre los guijarros artificiales, luego, poniéndose unos guantes plásticos fue incrustando los más grandes en una masa de excremento de perro que tenía en una bolsa. Adentro también metió varios desperdicios para darle más realidad al aspecto de basura. Cuando hubo terminado empezó con las labores finales para el abandono del lugar.

A las dos de la madrugada, habiendo cesado toda la actividad en el edificio, bajó al sótano para subir el cadáver que simularía ser de su persona. Cuando lo tuvo dentro del apartamento lo vistió con sus ropas y le colocó su anillo, el reloj y el collar con la imagen de San Pitufo Mártir, después le extrajo los dientes para implantarle la plancha con la copia de los suyos, a continuación se sacó sangre y junto a varias mucosas con su ADN se la fue inyectando por todas partes hasta penetrarle los huesos; ya al final le raspó cuidadosamente las huellas dactilares. 

Al terminar la simulación, roció la vivienda y el cuerpo inerte con una mezcla de gasolina y químicos de alta combustión, y colocando una caja de cerillas sobre el infeliz cadáver armó una bomba incendiaria de efecto retardado (*). Después de dar una última mirada, salió para siempre del lugar sin despedirse.

Quince minutos más tarde, desde el auto pudo divisar de lejos las llamaradas que salían por la ventana de lo que fue su viejo hogar. El fuego lo devoraba todo con una fuerza diabólica que borraría los rasgos de identificación del cuerpo que se suponía era su persona. En pocos minutos de él no quedarían sino unos huesos calcinados con joyas personales y dientes prestados, y en esa segunda muerte, cumplía con su última misión en este mundo, hacer que el auténtico Kurlo quedara eliminado del grupo de los sospechosos por las ejecuciones que pronto iban a empezar. En la ruta hacia su nueva vivienda se cruzó con dos carros de bomberos que iban a toda velocidad hacia el incendio con las sirenas aullando, la escandalosa manera que tienen estos servidores públicos de mostrar que ellos si trabajan.

  

++++

 

Las horas finales de esa madrugada pasaron lentamente. Se le disolvieron en la cama dando vueltas. El insomnio lo había atacado con violencia y solo se adormitó por ratos. No era por problemas de conciencia, la había regalado hacía mucho tiempo, era por la tensión del día y en especial por la incertidumbre del futuro, antes de todo trabajo siempre le asfixiaba esa profunda reflexión de John Wheeler, el gran maestro de física cuántica: “Ningún fenómeno es real hasta que no es un fenómeno observado“.

A la mañana siguiente pudo ver en el canal C5N la noticia sobre el incendio. Otras televisoras mostraban su fotografía y comentaban la quema del cadáver atribuyéndole el hecho a sus enemigos y a la despiadada guerra entre matones del barrio Villa 1-11-14. Pero al rato apagó el televisor, las noticias siempre eran las mismas y ya había decidido  que antes del comienzo de la acción dedicaría la mayor parte de su tiempo al estudio de la dualidad onda-partícula basada en la constante de Planck, uno de los problemas fundamentales de la física que hasta ahora no había logrado comprender. Sabía que una vez que comenzara con las ejecuciones sus estudios quedarían totalmente suspendidos.

Fue a los quince días de su aparente deceso cuando se produjo el otro paso importante en la secuencia establecida: la llegada del primer envío del material de trabajo. Apenas se enteró por el correo en clave de sol que le envió Monsanto, salió por primera vez del apartamento, pero con una imagen que ni su propia madre le habría podido reconocer: la cabeza pelada al rape, barba y bigotes densamente poblados y sin cejas. Se subió al auto y se dirigió al local acordado para la colocación de los pertrechos.

El centro de recepción y depósito era una oficina con un galpón bastante amplio. Se hallaba en Moreno, a escasos veinte metros de la sede principal de la policía secreta argentina, y para complicar cualquier seguimiento había sido alquilado por una corporación con asiento en Luxemburgo a una empresa de Singapur dedicada a la importación de laxantes y vomitivos hindúes, lo que además volvía el sitio un lugar repugnante y poco atractivo a los curiosos.

En el interior Kurlo pudo verificar la llegada de varias cajas de gran tamaño. Tomó la falsa guía de aduanas que les acompañaba, y comparando los datos de identificación codificada los fue abriendo uno a uno para constatar que todo estaba en orden. Al finalizar regresó a las que tenían el material explosivo y los M-16 con miras telescópicas y sacó lo que necesitaba metiéndolo en una maleta de golf. Antes de salir, retiró del buzón de correo dos sobres con el logo de una compañía de Malasia que anunciaba alimentos concentrados para culebras, y sentándose en la recepción empezó a leer el contenido. Eran los informes que esperaba de las dos agencias argentinas especializadas en investigación criminológica, a las que había contratado para averiguar la veracidad de los indicios que comprometían a las personas a liquidar. La solicitud del servicio con pago adelantado vía Pay Pal la hizo con un correo originalmente escrito en griego, traducido en Perú y enviado a Argentina desde Kuala Lumpur. Cuando terminó la lectura sonrió levemente, las dos sociedades coincidían en señalar que las pruebas eran ciertas y los tres hombres estaban involucrados.

En otras palabras, Julio Balmoral, Antonio Di Stefano y Mauro Picachoni tenían las horas contadas este mundo (**). Solo podría salvarles de la ejecución la llegada anticipada del hueco negro que devorará a nuestra galaxia en unos siglos, o una explosión solar extrema que calcinaría la tierra y a todos los planetas próximos, pero para nada, porque igual la muerte los agarraría a los tres en cualquiera de esos casos.

(*) Estas bombas incendiarias, muy utilizadas en las guerras populares sin recursos y por terroristas desocupados para matar el tiempo, consiste en colocar un cigarro encendido en el medio de un sobre de cerillos. Al irse consumiendo el cigarro y llegar el fuego a la cabeza de los fósforos, en el acto se produce una pequeña llamarada que activa el combustible que ha sido regado previamente en el sitio que se desea volver cenizas.

(**) Por razones de seriedad científica el autor ha señalado “en este mundo”, porque aunque todo nos lleva a pensar que solo existe la vida que conocemos en este, la continua aparición de almas en pena, fantasmas, ruidos extraños en habitaciones vacías, sombras blancas que se mueven de noche y la repetición de personajes diabólicos en la política, podrían ser indicios serios de que existan otros después de la muerte. (Nota del Editor)
 

 

CAPITULO VII


LA PRIMERA MOSCA
 
 
 


 

Mauro Picachoni no era un hombre malo, solo algo degenerado. Cuando niño su madre lo adoraba, porque aunque les robaba las golosinas a todos sus amigos y siempre quería para el solo todo lo que caía de las piñatas, era el mejor de sus hermanos y un alumno destacado en el colegio. En la secundaria ingenió un sistema de copiado para los exámenes orales que fue toda una revolución en el sistema educativo, consistía en dibujar en las paredes, los techos y el piso del salón, todas las respuesta del examen en forma de rayas escritas en clave, lo cual desconcertaba a los profesores por su estilo de memorizar, ya que después de ver que no contestaba las preguntas que le hacían, de pronto se ponía a meditar mirando el techo o el piso y empezaba a recitarlas perfectas y al caletre. En la Universidad, aprovechando los avances de la tecnología su habilidad se orientó hacia las pruebas escritas, para ellas inventó un bolígrafo trasmisor del movimiento de la punta, la cual mientras escribía se lo transfería a otro bolígrafo que estaba en función receptora, los primeros se los regalaba a los mejores alumnos de la clase el día del examen, que sin saberlo, a medida que escribían las respuestas impecables se las estaban trasmitiendo al suyo receptor, que se movía solo sobre su hoja respondiendo con lujo de detalles las respuestas.

A los veinte años entró al movimiento de la juventud peronista lleno de ambiciones y esperanzas, pero sobre todo dispuesto a apoyarse en quien fuera necesario para llegar al poder. No le importaba si era con los descamisados, los descalzados o los encorbatados, pero lo fundamental era hacerse una carrera de ministro, que según él era la única manera segura de salir de abajo. Cuando después de muchos años de malabarismo político para entrar en la rosca partidista del privilegio y estaba convencido de que lo nombrarían Ministro de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, alguien impuso para el cargo a Julio Balmoral, uno de sus mejores amigos. Al primer momento aquello fue una terrible cachetada en las esperanzas de Picachoni, pero cuando el afortunado ministro le ofreció el cargo de Director General de Administración para tranquilizarlo, todo el celo que había golpeado su espíritu goloso desapareció en el acto y un relámpago de felicidad apareció en su firmamento: no solo se dio cuenta de que aquello era suficiente, sino que lo habían colocado sobre una de las mayores minas del dinero público argentino para que él lo manejara a su criterio sin perder el tiempo en las futilezas y responsabilidades propias del ministro, además solo tendría que rendirle cuentas al más íntimo de sus amigos. Para alguien forjado a su manera era imposible esperar algo mejor, tanto en el ámbito político como el financiero.

Una vez que se firmó el acta de nombramiento, por primera vez en su vida Mauro Picachoni justificó todas las humillaciones y las luchas que tuvo que soportar para poder acceder a los altos cargos de aquel complejo partido fundado por el General Perón, una organización que haciendo gala de la tradicional superioridad argentina se daba el lujo de tener un sector de izquierda, otro de centro, uno de derecha, dividirse, unirse o aproximarse según fuera el caso, pero permitiéndoles a todos seguir siendo siempre peronistas.

A los tres meses de asumir el puesto y tener una idea clara de todas las posibilidades que ofrecía, articuló un desfalco en grande cuidado que mantuviera siempre la apariencia y  el respaldo de legalidad. Nada difícil para un marrullero de larga data y la experiencia que ya había inscrito en su código genético.

A fin de no correr riesgos, lo primero que hizo fue incorporar  en el golpe al ministro Balmoral, que lo aceptó encantado como prueba de amistad. Igual lo hizo con los hijos más queridos de algunos enemigos personales que podrían atacarle, a los cuales incluso les abrió cuentas secretas a su nombre en paraísos fiscales; por precaución extrema dejó algunas migajas sustanciosas a varios de los funcionarios del ministerio que pudiesen declarar en su contra a la hora de un juicio por corrupción. En el plan de desfalco figuraban pensiones amañadas, ayudas destinadas a personas muertas, servicios no prestados, compras comisionadas, ventas prohibidas, adelantos de la jubilación, comisiones por otorgárselas a quienes le tocaban, sustracciones sutiles, agarrones descarados, desaparición y aparición de recibos, robos simples, robos compuestos, robos ocasionales, robos continuos, robos medianos, robos más grandes, así como cuanta forma de saqueo público fuera posible. En menos de dos años el grupo, que al final lo encabezaban él, el ministro Balmoral y Mauro Di Stefano, el contralor del Ministerio, logró hacerse de una fortuna descomunal que desapareció en el silencio de las cuentas cifradas en Luxemburgo y Suiza y casi hacen que el edificio del ministerio de la Avenida Leandro se quedara hasta sin ladrillos.  Ese sería el primer hombre en la mira de Kurlo  Mastrodoménico.

 

EL GOLPE

 

Durante casi una semana el Kurlo transformado físicamente estuvo entregado de lleno a implementar los planes para liquidar a los tres hombres. Algunas veces pasaba hasta seis horas en sus sesiones de concentración absoluta analizando paso a paso los modus operandi programados, estudiando los problemas potenciales y eliminando las debilidades. El primero de los tres en caer bajo sus garras sería Picachoni, y como lo había decido tiempo atrás lo liquidaría en un simulacro de accidente.  El plan se empezó a ejecutar con una visita temprana en la mañana a una de las villas miserias situadas en el barrio Retiro lo hizo en autobús para no llamar la atención, y luego de mirar por los alrededores del parque municipal vio lo que quería: un grupo de jóvenes que correteaban tras una pelota jugando fútbol.

Se acercó lentamente a la partida y se sentó en un banco cercano como si disfrutara observando el juego. En uno de los momentos de descanso le hizo señas para que se acercara a quien parecía ser el jefe: Cuando este estuvo a su lado, le dijo:
-Mirá che, ¡De verdad que sois buenos! Estaba mirándolos y creo que el grupo tiene posibilidades para ganar en cualquier competencia. Soy de la Asociación para la Reapertura de las Minas Argentinas de Grafito y quisiera invitarlos a un torneo de lanzamiento de jabalinas con lápices que habrá en el parque Lezama dentro de dos días. Se les pagará por participar al inscribirse y el ganador y los dos siguientes se harán de la bonita suma de dos mil pesos ¿Queréis participar?
El muchacho rodeado por los compañeros que se le habían plegado, sonrió ante la oferta poniendo cara de complacencia y le contestó:
-¡Si hay dinero claro que queremos! Pero explicános, ¿Cómo es eso?
-Muy simple, cada quien tendrá tres lápices afilados que les da el torneo y colocándose detrás de la raya de salida los van lanzando como si fueran jabalinas. Gana el que deje uno de sus lápices más lejos y clavado de punta en la grama. Es una competencia de puntería, precisión y equilibrio de un cuerpo liviano.  La idea es hacer propaganda para fortalecer de nuevo el uso del lápiz como medio de escritura.


-¡Grande! Seguro que vamos-dijo el muchacho aupado por los otros que estallaron en una pequeña algarabía- ¿Y dónde se inscribe uno?
- Acá tengo las planillas- dijo Kurlo rodeado por los jóvenes  entusiasmados- Si queréis podéis llenarlas de una vez, pueden practicar en cualquier parte, pero el día de la competencia deben estar en el sitio señalado a las seis en punto de la mañana para que participen en el primer grupo, allí es cuando cobran por la inscripción. Los premios a los ganadores se repartirán al siguiente día de la competencia.


Diciendo esto les entregó un pequeño mapa turístico del lugar y les señaló en donde estaba dibujada la raya de salida.  Lo que no les dijo es que era exactamente enfrente al camino por el cual todos los días a esa hora, Mauro Picachoni reducía a las grasas saturadas que se le habían instalado en el sistema cardiovascular de tanto comer paella.

 


++++


 

El día y a la hora programada, más de veinte muchachos llevando sus lápices jugueteaban y practicaban en el sitio haciendo bulla. Kurlo los recibió siguiéndoles el tono de broma y diversión, y luego de atenderlos y pagarles por la inscripción, les dio los lápices oficiales que tenían pegada una pequeña etiqueta para escribir el nombre. De inmediato les mostró el lugar del lanzamiento, a cinco metros del camino de los corredores matutinos, el cual deberían sobrepasar por encima para llegar al otro lado de la grama donde se clavarían.
-Bien, prepárense, -les dijo- dentro de muy poco, apenas suene el timbre empiezan. Cada uno tiene derecho a lanzar tres lápices, fíjense bien que tengan escritos sus nombres y recuerden que pueden lanzarlos todos juntos o uno tras del otro.


Después se fue retirando con disimulo, y sin que los jóvenes se dieran cuenta se escondió tras un matorral situado a escasos veinte metros del lugar. Detrás de un pequeño arbusto pudo ver el pequeño arco de acero que había ocultado al llegar esa mañana. Lo tomó, y con las manos enguantadas sacó de su chaqueta un lápiz Mongol con la punta extremadamente afilada, al que le implantó el nombre del joven que le pareció el más fuerte de los competidores. Seguidamente lo ajustó a la cuerda de acero como si fuera una flecha, probó la tensión del arma y la dejó lista para disparar. Pocos minutos más tarde vio en la distancia cuando  Picachoni se acercaba trotando. La exactitud de la hora ratificaba que era un hombre puntual y también que le tenía el horario perfectamente  controlado. Cuando vio que ya iba a pasar frente a los muchachos pulsó con un pie el timbre de batería que activaba el concurso y al mismo tiempo templó el arco.

Justo al momento en que una lluvia de lápices lanzados al aire por el grupo de competidores volaba sobre la carretera pasando por encima del sorprendido Picachoni, la cuerda del arco de Kurlo se aflojó dejando escapar el tiro mortal. Aquella bala de madera con punta de grafito escribió la palabra muerte en el aire, y con una asombrosa precisión se clavó en la sien del ex funcionario. Ciento veintiocho tiros de práctica había realzado Kurlo para no fallar. En cuestión de segundos el lápiz le había penetrado hasta el centro del cerebro dejándolo inerte en el piso. Un hilillo de sangre salió lentamente de sus narices, mientras el grupo de muchachos confundidos no hallaban que hacer ante aquel inesperado accidente que en cierta forma relacionaban a su lanzamiento.

Al voltear tratando de buscar al coordinador de la competencia se dieron cuenta de que por allí no había absolutamente nadie.

domingo, 17 de agosto de 2014


 
LAS NOCHES TURBIAS
 
 
 
(Tercera entrega)
 
 
 
CAPITULO VI

 

 



 

EL CIERRE

 

 

 Eran las once y cincuenta y cinco de la noche cuando López Guacaral, Erath y Monsanto tocaron a la puerta del potencial ejecutor de las sentencias. Aunque en unos momentos Kurlo podría estar firmando un contrato millonario y era lógica cierta cortesía de su parte, no les abrió de inmediato.  Repitieron la llamada por varios minutos, pero solo fue a las doce en punto, como les había dicho, que les abrió la puerta. Al hacerlo, solo los saludó con un gesto de invitación para que pasaran. Monsanto no podía ocultar el desagrado de estar de nuevo en el sitio. Las dos palizas todavía frescas en su memoria y en el cuerpo eran razón suficiente para no volver a verlo. Pero más que molestia lo que sentía era confusión. Sabía que en los bajos fondos de las ciudades el ser humano se degrada y pierde sentimientos y las normas razonables de la conducta se evaporan, pero con personas como él todo era posible. Si el gesto de bienvenida relativamente amable de Kurlo lo tranquilizó, mantenía la desconfianza.
-Buenos días- les dijo cuando ya estaban adentor.
Los tres recién llegados se miraron las caras extrañados por aquella localización horaria, pero cuando López Guacaral se dio cuenta de que pasadas las doce de la noche realmente ya es el día, le respondió rectificando la idea de noche que tenía en la cabeza.
-Sí, tiene razón, buenos días.
Después de haberse presentado, el millonario se puso a detallar al hombre que tenía enfrente. Por unos segundos penetró la mirada de ojos profundos y amarillentos del anfitrión, y en acto, por su experiencia en seleccionar personal supo que estaba frente la persona que buscaban.
-Bien señor Mastrodoménico, henos aquí conforme a sus deseos -dijo- espero que tengamos una buena reunión de negocios.
-Que así sea - le contestó Kurlo- y sin sentarse les invitó a una taza de té que se cocinaba en un pequeño samovar ruso.


- Seremos muy concretos,-dijo el presidente de la organización a la vez que aceptaba el ofrecimiento- Ya sabe quiénes somos y el proyecto que llevamos adelante. Es un trabajo bastante serio y delicado que para que prospere requiere de personas como usted. Está demás decir que nos ha sido recomendado como el hombre hecho a la medida para ello. Ayer tuvimos ocasión de leer y discutir el contrato que nos hizo llegar y puedo decirle que hemos aprobado todas sus condiciones, salvo algo que quisiéramos eliminar, me refiero al final de la cláusula novena. Nos parece injusto que por el desliz de una persona tengan que morir varios inocentes. ¿No podría limitar esa masacre a los familiares del responsable de la indiscreción?
Kurlo hizo un gesto irónico con la boca.
-O sea, ¿que antes de empezar ya teme usted que habrá un desliz informativo?
-No, no lo digo por eso- respondió su interlocutor tratando de tranquilizarlo- si llegara a haber una delación nosotros estamos más desprotegidos que usted, y comprenda que somos los que menos la deseamos. No olvide que la mayoría somos hombres públicos imposibilitados de desaparecer tan fácilmente a la hora de un escándalo; lo que no vemos es porque tienen que pagar las familias de los demás miembros de la organización por los errores o la mala fe de uno.
Apenas terminó de exponer su preocupación trató de probar él té, pero al sentir un fuerte ardor en la lengua lo rechazó violentamente derramando una parte del líquido por el piso.


-Perdone, se me olvidó decirles que solo bebo té de pimienta negra- se excusó Kurlo- no se preocupe, yo lo secaré.
Monsanto, aunque también se había quemado el paladar se lo bebió todo y se lamió los labios simulando complacencia. Conocía al hombre y sabía que podía reaccionar pegándole si despreciaban su bebida favorita.
Pasando por alto el rechazo a la infusión, el matón contestó:
-Vea señor López, yo no modifico las cláusulas de mis contratos; antes las estudio cuidadosamente y cada una tiene su razón de ser. Cumplan ustedes con la reserva total que yo exijo y no les pasará nada. Todavía no sé cuántos son los directivos ni quienes forman su organización, es algo que me dirán y luego averiguaré detalladamente, pero entienda que en caso de haber una indiscreción quiero que todos paguen por igual. ¿Sabe lo que es la Mamerta?
-Sí, claro, el silencio de la Cosa Nostra -le respondió López Bucaral, ajustando:


-Pero no olvide que no estamos en Italia ni somos delincuentes, esta es la tierra del tango, de Perón, de la deuda, del populismo.
-Cierto, pero en cualquier lugar una traición en este tipo de trabajos suele pagarse con la vida. Puedo asegurarle que con esa cláusula todos se cuidarán de mantener la más alta discreción.
Los tres se miraron entre sí. Sabiendo que discutir en aquel momento sobre el punto no iba a modificar la decisión que ya había sido tomada, el jefe de la organización prefirió no alargar más, además sabía muy bien quienes eran las personas que había escogido para que le acompañaran en esa gesta justiciera. Ninguno de ellos jamás diría nada de lo que supieran sobre el caso.
-Está bien, la dejaremos así. Pero puede estar seguro de que de nuestra parte no se producirá la indiscreción- Diciendo esto sacó el contrato del bolsillo del chaleco y concluyó:


-¿Entonces, como concretamos los detalles?
-Bueno, firmen su copia, aquí tienen la mía firmada- dijo Kurlo poniéndola en la mesa.
López sacó su pluma, la destapó lentamente. Mirando la hoja le preguntó:
-¿Dónde aprendió a escribir en Braile?
-No la escribí yo, lo hizo mi secretaria, que es ciega, en estos círculos la mejor manera de trabajar tranquilo y que los empleados terminen con vida es haciéndolo con gente que no ve nada.
López volvió a mirar el documento como dudando de firmar, pero luego de un breve instante estampó la rúbrica. De inmediato se lo entregó a Erath, que echándole un vistazo simbólico lo imitó sin más alargamientos.
-Bueno ya está listo -dijo- Negocio cerrado. Ahora, aquí tiene dos carpetas, una con el nombre de los que conocemos el contenido del contrato, le agradezco que la guarde adecuadamente aunque están cifrados en morse chino escrito al revés en una traducción árabe. La otra ya es la de trabajo, allí está el nombre de las personas involucradas en el caso del Ministerio del Desarrollo Social y todos los detalles que les comprometen. Ellos serán el primer grupo a ejecutar.
Al decirlo le extendió la última carpeta. En su parte exterior se podían leer claramente tres nombres con sus respectivas direcciones: Julio Balmoral, Antonio Di Stefano y Mauro Picachoni.


Hizo una pausa y prosiguió:
-No vamos a interferir en nada en su trabajo, pero si le sirve de algo le informo que Balmoral era el ministro anterior al actual y tiene cierta guardia de protección, los otros dos eran altos funcionarios del ministerio y socios en el desfalco, pero fuera de la dificultad de que ambos viajan mucho, no creo que se estén cuidando. Adentro encontrará todos los detalles del golpe que dieron. Ahora usted dice lo que sigue.


Kurlo tomó los documentos. Colocó las dos carpetas en la mesa y agarrando los contratos por la parte superior ajustó en tono firme:
-Primero rompamos los contratos escritos. Supongo que tomaron los datos necesarios, a partir de este momento su contenido queda de palabra, algo que es sagrado entre las partes como lo dice su propio texto.
Antes de terminar de hablar los rompió y luego pasó los pedazos por una máquina destructora de documentos. El desagradable ruido metálico se expandió por el apartamento mientras volvía papelillo toda huella de lo escrito. Al concluir, Kurlo sacó los restos en tiras de papel, los colocó en una bandeja de porcelana que estaba sobre la mesa y les prendió fuego. Cuando solo quedaban cenizas, le vació encima un pequeño frasco con ácido sulfúrico. El humo del ácido calcinando los residuos quemados se expandió unos centímetros haciendo desaparecer para siempre el más mínimo recuerdo de aquel documento.
Solo un hombre en el mundo, el jefe de recuperaciones de la policía secreta de la antigua KGB habría podido revertir el proceso destructivo del papel y decir lo que allí estaba escrito, pero ahora yacía tres metros bajo tierra por oponerse al control accionario de la Yukón por parte de los socios de Putin.
-Mañana les daré los números de cuenta de los bancos y el lugar donde colocarán los diamantes del primer pago, igual las obras de arte cuando fuera el caso. Por otra parte, necesito el teléfono celular y la dirección electrónica del que será mi único contacto con ustedes - y señaló a Monsanto- El mío puedo dárselos, pero no les servirá de nada, lo cambio día a día. También les informaré del sitio y la manera como recibiré el armamento. Para cuando llegue el alijo ya habré realizado los ante juicios de mérito de cada uno de los primeros involucrados, es decir que de ser realmente culpables estarán muertos en un lapso no mayor de diez días. Les adelanto que por otras razones ya tengo suficientes elementos de prueba de la culpabilidad de Antonio Di Stefano. Incluso sé el nombre del banco al cual transfirió los fondos robados, a ese considérenlo ya un cadáver en espera del entierro.
-López Guacaral hizo un mohín de complacencia, y los otros dos sonrieron mientras se miraban.


Monsanto escribió los datos solicitados y se los entregó a Kurlo preguntando:
-¿Y yo como le contacto?
-No podrá. Seré yo quien le llame o le escriba, y recuerde que si le llamo por teléfono no reconocerá mi voz, para estas cosas solo hablo con un pedazo de turrón en la boca para despistar. Además en pocos días ya habré desaparecido de este sitio y de todas partes. Por razones de seguridad paso a la condición de comentario o de recuerdo. Ah, también les recomiendo que para apurar el suministro del material de trabajo traten de obtenerlo en la frontera de Venezuela, es más cerca, además que en el medio oriente ahora hay demasiados problemas. A pesar de que la guerrilla colombiana es muy seria en ese tipo de negocios fíjense que no haya equipos rusos en el lote, muchos de las nuevas armas del gobierno venezolano ya está en las zonas guerrilleras de Colombia y recuerden que yo solo trabajo con material norteamericano, belga o de otros países occidentales. Bueno, creo que por ahora eso es todo.
Diciendo esto Kurlo se levantó de la silla y apagó la luz de la sala dejándola en tinieblas, dando a entender indirectamente que la reunión había terminado.


Aquella actitud brusca incomodó un poco a López Bucaral. En un hombre de su nivel financiero era él quien decía cuando se terminaban las reuniones y el tiempo que duraban, pero no obstante, su inteligencia le hizo comprender la diferencia que había entre aquella entrevista tan especial y una de sus reuniones normales de negocio.
Mientras Kurlo los conducía hacia la puerta en plena oscuridad, puso una mano sobre el hombro de Monsanto, y le dijo:
-Ya no hay rencor amigo, entre nosotros toda la cuenta está saldada, Creo que más nunca volverá a insultar a alguien sin antes pedir permiso.


El aludido lo miró de reojo sin hacer el menor gesto, pero en el fondo se sintió mucho mejor.

 Después de despedirse del extraño personaje, los tres salieron hacia la madrugada que a esa hora les pertenecía totalmente. Era algo más de las dos y ya no se veía ni un alma en el lugar.
Estando ya solos, Tulio le preguntó a López Guacaral:
-¿Vos crees que el hombre sirva?
-Seguro che, es el tipo ideal, frío como un témpano, se ve extremadamente inteligente, muy organizado y responsable. Si no fuera lo que es lo nombraría jefe en uno de mis departamentos de cobranza, es del tipo de gente que siempre tiene la razón.
Con pasos lentos fueron caminando rumbo a la calle Quezada. A dos cuadras del edificio donde habían estado les esperaba el enorme Mercedes Benz negro del multimillonario ganadero, quien a partir de ese momento empezaba a poner a trabajar su inmensa fortuna de una manera un poco fuera de lo normal.


  

PRIMER EPÍLOGO

 
 

Cuando los visitantes salieron del apartamento, Kurlo se dejó caer en el sofá sin prender la luz. Se quitó los zapatos con los pies y los lanzó a los lados. Llevándose las dos palmas de las manos a los ojos se los apretó con fuerza para liberar tensión. Lentamente las fue moviendo hacia los huesos temporales y al final estiró los brazos hacia arriba entremezclando los dedos en el tope. Durante unos segundos mantuvo los ojos cerrados sin manifestar ningún estado de ánimo o sentimiento. Luego de bajar los brazos dejó caer la cabeza sobre el respaldar del sofá y por su mente pasó la imagen en cámara lenta del trabajo que tenía por delante: primero dar los datos para el pago y señalar el lugar de entrega del armamento y los diamantes, después constatar que los depósitos habían sido hechos, y de inmediato quemar el apartamento para simular su muerte. Adentro dejaría el cadáver de un hombre de su estatura vestido con sus ropas y al que antes le habría implantado rasgos dentales iguales a los suyos. Para facilitarle el asunto tenía un muerto encerrado en el congelador del sótano del edificio. Se lo habían dado en pago los del grupo mafioso del el zurdo Mario por un trabajo que les había realizado unos meses antes. Pensó que hizo bien en aceptarlo y lo conveniente de tener siempre un muerto guardado en casa para casos de emergencia.

Al analizar de nuevo las ejecuciones que tenía por delante las vio sencillas. Aquellos hombres no estaban todavía sobre alerta. Como ya lo había calculado, al primero lo liquidaría simulando un accidente, a Di Stefano lo haría volar por los aires y al ex ministro lo sacrificaría con un tiro a distancia en la cabeza. Tendría unas tres semanas para estudiar sus participaciones en el desfalco a la nación y concretar los detalles logísticos de los asesinatos. El problema vendría con los siguientes candidatos, ya que apenas se supiera que era una acción contra corruptos casi toda la alta administración gubernamental del pasado y del presente se pondría en guardia contra su sombra.

Aunque desde hacía varios años había practicado e imaginado varias maneras de liquidar a blancos humanos y dominaba ampliamente todo tipo de armamentos, realmente nunca había matado a nadie. Solo gozaba de una fama de killer que le habían dado gratuitamente quienes quedaban impresionados por la manera tan violenta de sus palizas y el estado en que quedaban las víctimas. Lo que no sabían sus admiradores era que sus golpes eran cuidadosamente calculados para producir dolor pero sin matar o inutilizar seriamente al contrincante. Pero esa no era excusa. Simplemente había llegado el momento de iniciarse en un nuevo tipo de trabajo donde el pago era motivador y la causa le parecía justa. Estaba seguro del éxito por su manera de analizar y ejecutar las cosas. Ello le volvía casi infalible, primero por su inteligencia natural desarrollada en las carencias, luego la rigurosa aplicación de la metodología de la desconfianza y el cuidado, la práctica previa a cualquier acción a realizar, y todo apoyado por sus estudios de física cuántica a la que ya empezaba a dominar.  Era demasiado para cualquier policía que solo tuviera como fortaleza estudios técnicos y la simple condición humana. Lo único que daba miedo era que después de la primera vez, como las putas tendría que repetirlo indefinidamente sin que nada pudiera detenerlo, y sobre todo sin importarle en absoluto el motivo de las muertes.
Pensó en su madre drogada en la cocina y de lo más íntimo de su ser afloró el profundo sentimiento de soledad que le había llevado al mundo de la violencia, el mismo que ahora estaba a punto de transformarlo en criminal.
Unas dantescas sombras chinescas en forma de armas de destrucción masiva se fueron cruzando por su mente, y a medida que las figuras se agigantaban y cubrían el planeta, cayó presa de los sueños abandonando momentáneamente el mundo de los vivos. Pero seguía siendo aquel chico del pasado aunque ahora se había agigantado.


(Para tener la secuencia de la novela visite las entregas I y II en la parte inferior)

 

sábado, 9 de agosto de 2014


 

LAS NOCHES TURBIAS

 

(Novela por entregas)

 

OTROVA GOMAS

2da. Entrega 
 
 Recomendación: Si Ud. no ha leído la primera parte puede hacerlo al final de la presente. 

 

CAPITULO IV

  
LA EMPRESA
 
 
 

 
Tal como había sido acordado, al atardecer del siguiente día, Tulio Monsanto, el hombre castigado por Kurlo, llegó de nuevo al edificio de su agresor. Subió con lentitud por las escaleras como queriendo retrasar el momento del encuentro. Unos jóvenes que descendían jugueteando peligrosamente casi lo tumban, pero logró mantener el equilibrio sosteniéndose del pasamano y apartándolos como pudo. Su cuerpo aún sentía los efectos del lanzamiento contra la pared, y sobre todo el terrible dolor que le causó la apagada del cigarrillo contra el cuello. Su cara reflejaba las incógnitas que lo consumían por dentro desde la noche anterior: ¿Por qué a él? ¿Sería para disculparse? ¿Cuál fue su verdadera intención al escogerlo? La duda no le permitió darse cuenta que pasó de largo el apartamento. Reaccionó apenas empezaba a subir el siguiente piso, y se regresó preocupado, más por la proximidad del momento del encuentro que por el error de distracción.

Ya frente al sitio todavía dudó por unos instantes. Su mente confundida entre la incertidumbre, el miedo y la turbación que nacía del interior de sus entrañas tuvo un breve instante de rebeldía. Pensó en irse corriendo, dejar todo así y que los demás resolvieran el asunto, pero tomando una enorme bocanada de aire aceptó su destino. El compromiso moral que había asumido con el grupo y con el país pesaba más que otra cosa. Expulsó el aire y acercando la mano al timbre, sin más preámbulos dejó que el índice hiciera su trabajo.(*)

Al abrirse la puerta apareció la figura maciza de Kurlo. Su cara lucía impasible como cuando lo agarró por la cintura para sacudirlo en el aire. En esta ocasión lo miró con indiferencia y no pronunció ni una palabra.

-Buenas – dijo Monsanto con voz trémula y medio apagada- aquí estoy...

En respuesta el dueño de la casa se le quedó mirando, esta vez por un tiempo más largo pero que al otro le parecieron horas, y sin hablar, se apartó un poco haciendo apenas un gesto para que pasara.

En el momento en que se cerró la puerta del apartamento, el enviado del grupo entró en el reino de la turbación. Detestaba aquel silencio maldito y esa mirada helada que no trasmitía nada. Y no le faltaba razón, porque además del mutismo y que ni siquiera le invitó a sentarse, Kurlo ignorándolo completamente se dirigió a una mesa lateral donde estaba ajustando un instrumento. Allí se sentó dejándolo parado en el medio de la sala como si fuera un fantasma.

El escozor interno del recién llegado creció. Aquella situación humillante le hacía achicar aún más las fibras morales llevándolas a un nivel que no había conocido antes. Confundido trató de buscar asiento para esperar que lo atendiera, pero apenas se dispuso a hacerlo este le gritó desde lejos:

-No se siente, esas sillas están en cuarentena para usted, espere parado.

Solo después de transcurridos casi diez minutos abandonó lo que estaba haciendo, y caminando lentamente hacia el visitante, apuntó:

-Lo que usted dijo ayer fue una imbecilidad que no me gustó y debe saber que aún no le he castigado.

El pobre hombre reaccionó instintivamente moviéndose hacia la puerta. Su rostro primero se puso rojo, luego se fue tornando amarillo y después de recorrer varias tonalidades de los atardeceres árticos se detuvo en el blanco puro.

-Perdone señor, yo no quise ofenderle, fue un decir intrascendente –dijo angustiado- he venido porque nos iba a dar una respuesta, no me vaya a pegar, por favor, se lo suplico, soy un hombre débil, por favor…

A medida que iba hablando continuaba moviéndose hacia la puerta.

-No se preocupe–dijo el matón- será un castigo breve, pero no lo puedo perdonar porque para mí es una cuestión de principio. Mi vida ha sido una batalla sin cuartel contra los locos y los necios y usted me califica de eso irrespetando todos mis valores.

Monsanto pensó en correr pero se dio cuenta de que ya era muy tarde, el otro lo había agarrado por el cuello y apretándole con una violencia desproporcionada para el tamaño y la fortaleza de la víctima, que además ni siquiera se defendía, empezó a ahorcarlo haciendo énfasis en apretarlo más duro por el lado de la quemada. En el momento crítico de la asfixia se detuvo. Lo dejó respirar y al constatar que estaba vivo esperó que se recuperara. Notando que aún conservaba aliento lo recostó de la pared y allí empezó a pegarle. Prácticamente le ametralló la cara con golpes de derecha e izquierda repetidos con una armonía impresionante, cada uno más fuerte que el otro. El sonido de los puños era absorbido por la carne donde se estrellaban y se volvían ruidos secos trasmisores de la violencia del castigo. Sus manos recorrían distintos ángulos del rostro venciendo los inútiles intentos por esquivarlos. En cierto momento trató de cubrirse con los dos brazos, pero los puños de su agresor descendieron y empezaron a darle sin piedad en la zona del plexo solar. Se notaba la experiencia extrema de aquel hombre en el arte de demoler las defensas de sus contrincantes. Pero no se detuvo hasta que se dio cuenta que el golpeado había perdido los sentidos y se desmoronaba perezosamente como si fuera un muerto.

Fue dos horas más tarde, al abrir los ojos, que Tulio Monsanto se percató que estaba en el piso. Miró el techo del apartamento y descubrió o le pareció que este era azul cielo y tenía pintadas estrellas, cometas y luceros. Apenas movió el cuerpo adolorido sintió una voz que no reconoció al primer momento por aquel estado:

-Acá tienen la respuesta que les prometí –dijo Kurlo tirándole un sobre encima- Allí están escritas las condiciones del negocio cuidadosamente detalladas. Léanlas y si están de acuerdo, el próximo lunes a las doce de la noche venga usted con dos de las personas que toman decisiones. Dígales que no traigan grabadores ni loros.

El mensajero de la organización argentina para liquidar corruptos casi no entendió las palabras. Tenía el rostro hinchado y lleno de sangre y el dolor lo distraía. El impacto  del día anterior no se comparaba en nada al estado físico de ese instante. Extraviado entre esa confusión que deja volver a la conciencia luego de un trauma y los dolores corpóreos, pudo percibir que había perdido varios dientes delanteros y una muela. Se maldijo por haber venido, pero resignado se fue parando con lentitud. Tomó la carta que se encontraba a su lado y poco a poco se dirigió tambaleando hacia la puerta que le esperaba abierta. En lo más profundo de su conciencia juró que jamás volvería a regresar a ese lugar.

 

++++

 

La calle Rivadavia de Buenos Aires es larga como muchos de los bulevares y avenidas de la hermosa capital bonaerense. Está llena de edificios modernos, pero se encuentra sembrada de esas viejas construcciones de arquitectura europea del siglo XIX que le dan el toque elegante y diferente de otras capitales suramericanas. En el número 38, segundo piso, derecha ascensor de uno de las lujosas edificaciones, funcionaban las oficinas clandestinas de la organización creada para combatir la corrupción.

La entidad fungía externamente como el departamento administrativo de una empresa dedicada a la exportación de carnes, pero en su parte trasera, en un salón de paredes grises sus directivos se reunían dos veces a la semana. Allí solo había una mesa ovalada, ocho sillas, un archivo grande y un reproductor de sonido de alta calidad. El grupo lo componían ocho personas y se había constituido por iniciativa de Julio López Guacaral, un ganadero y político retirado del partido radical, quien por la repugnancia generalizada contra la continua descomposición de los gobiernos que había padecido el país hasta el presente, incluyendo el de Juan Domingo Perón y el de sus Evitas, había programado una manera inédita y sui géneris de venganza contra los funcionarios públicos corruptos: su liquidación física inmediata.

En criterio de aquellos hombres y varias personas que les apoyaban y financiaban desde la sombra, eso además de ser un castigo definitivo contra los culpables y garantizar que no volverían a reincidir, también serviría de advertencia a otros y así limpiar a la administración pública de tantas inmundicias. Para lograr el objetivo que se había trazado, López Guacaral contaba con una fuerza de apoyo muy particular que le haría manejable todas las dificultades que se le presentaran: era el único heredero de una de las más grandes fortunas ganaderas del país.  A fin de que le acompañaran en su quijotesca empresa vengadora, el millonario había buscado la colaboración de dos grandes e íntimos amigos, Estanislao Fonseca, abogado y ex miembro del tribunal supremo, que había visto en detalle la manera como se manejaban los juicios contra la corrupción en Argentina, y Mario del Bízcalo, un ingeniero medio anarquista, de profundo resentimiento político contra el peronismo de derecha, el de centro, el de izquierda, el renovado, el auténtico y de todas la variedades en que se habían dividido los feligreses del estúpido culto al general Perón. Entre los tres lograron reunir al resto de los miembros de la directiva: Braulio Tancredo, un médico muy hábil que solo operaba gente desahuciada, para en caso de muerte poder echarle la culpa al estado terminal del paciente o llenarse de fama si por milagro se salvaba, Gunter Erath, arquitecto, amigo de Bízcalo, hijo de un refugiado alemán y tirador de elite que sostenía la interesante tesis de que los partidos políticos son bandas organizadas para dar un golpe contra los fondos del estado, Julio Pitaluga, otro ganadero, eterno opositor del gobierno y del que se decía que de noche salía a matar gente que se pareciese a cualquier ex presidente argentino, y Víctor D’Onofrio, un contador que trabajaba al servicio de Guacaral. Los otros eran, Estanislao Miquilena, viejo comerciante también obsesivo anti peronista y ex convicto por evasión fiscal, en cuyo juicio alegó que viendo el destino que se le daba a los fondos públicos, jamás pagaría un centavo de impuesto salvo que él mismo lo administrara, y Tulio Monsanto, a quien Mastrodoménico había castigado, hombre tímido, lento y pacífico, cuyo padre fue una víctima famosa de la dictadura de los años ochenta porque lo usaban para probar la eficacia de nuevos instrumentos de tortura, de donde nació su profundo odio por todo lo que fuera gobierno.

El heterogéneo grupo decidió llamar a la organización con el sobrenombre de El Octeto, más como tarjeta de presentación que como un bautizo significativo. Tal vez solo sirvió para que sus reuniones semanales se hicieran bajo las notas del famoso octeto D 803 de Frank Schubert, una de las piezas favoritas de Erath.  En su rutina de trabajo estaba analizar cuidadosamente todos los aspectos vinculados a los actos administrativos sospechosos de corrupción, para lo cual se basaban en los informes suministrados por un servicio de inteligencia altamente organizado y financiado por López Guacaral, que igualmente procesaba en secreto las declaraciones de testigos.

Fueron esos ocho hombres quienes dos semanas antes y bajo los acordes del andante molto alegre de la dramática  melodía shubertiana, decidieron comenzar la acción vengadora ordenando la liquidación física de tres ex funcionarios del gobierno: las personas a quienes la central investigadora responsabilizó del desfalco que en esos días escandalizaba la opinión pública argentina.  Para el inicio de lo que sería una expansiva onda punitiva habían decido contratar a un matón por encargo, y fue la causa de la visita de cuatro de sus miembros a la casa de Kurlo Mastrodoménico.

 La decisión de su escogencia no fue por azar o tomada a la ligera. Fue el resultado de un largo estudio en que se descartaron casi veinte posibilidades, incluso la contratación de la Cosa Nostra italiana o traer al país diferentes asesinos profesionales de lugares tan distantes como eran kamikaze free lance del Japón, mártires de Mongolia, piratas del mar de China, matones ultraderechistas de Ucrania, hombres bombas de Afganistán, suicidas  preparados por Al Qaeda para alquilar, y hasta enfermos mentales peligrosos de varias partes de los Estados Unidos y de Europa.

 

 (*) Aunque por una costumbre que viene desde la era prehistórica -cuando los hombres solían despertar a su pareja clavándoles el índice en la barriga para que se parara a hacerles el desayuno- este es el dedo que más se utiliza para tocar timbres, hay casos probados de personas que lo hacen con el dedo anular y el meñique, e incluso se han detectado varios individuos que por razones desconocidas prefieren hacerlo con el pulgar.

 

 

CAPITULO V

 

EL CONTRATO
 
 
 

 

 

El lunes doce de Enero, parcialmente recuperado de la segunda paliza, Tulio Monsanto llegó con puntualidad a la reunión del grupo. Los otros miembros al ver el estado físico que presentaba su compañero se quedaron impresionados. Luego de explicarles lo ocurrido y la tunda recibida, hizo entrega del sobre que le había arrojado encima el matón.  Aunque nadie podía imaginar que aquello fuera cierto, la premura por conocer su contenido hizo que el asunto quedara marginado.

Como era el hábito en las sesiones del Octeto, primero que nada se hizo el tradicional minuto de silencio que habían acordado para el reposo del alma de los que caerían en las acciones vengativas, luego se prendió el reproductor de sonido haciendo que las notas del andante de la obra se propagaran por la habitación, y mientras esta sonaba, el fundador del grupo se levantó del asiento tomando la palabra para despejar el estado de expectativa. 

-Bien, veamos que ha dicho el hombre – comenzó, y mirando a Monsanto le interrogó-¿No te dijo más nada?

-No de fondo, -contestó este lacónicamente- Ya saben que es un hombre muy callado. Habla de otra manera, solo me advirtió que para la próxima reunión no llevemos grabadoras de ningún tipo.

Mientras este hablaba Guacaral tomó el sobre por la parte superior y empezó a abrirlo rasgándolo cuidadosamente. Sacó las dos hojas de papel que se hallaban en el interior, y conforme era su costumbre en las reuniones de negocio,  primero leyó solo y en silencio su contenido. A medida que su mirada recorría el papel sus cejas fueron tomando la forma de un arco extendido, y la raya que siempre le adornaba la frente en momentos de tensión se instaló en su  sitio preferido. Miró a los otros siete miembros que esperaban intranquilos y dijo:

-Bien, voy a leérselo en voz alta.

"Estimado señores:
Tengo a bien participarles, que luego de un detallado análisis de su oferta, así como de las razones morales y el riesgo que involucra el trabajo solicitado, decidí aceptarlo bajo estas condiciones:
Primero: El monto de mis honorarios para la ejecución de las personas que me mencionaron es de cincuenta mil dólares americanos por cabeza. Cantidad que será pagada en su equivalente en seis tipos de valores por igual: dólares, euros, francos suizos, libras esterlinas, diamantes y oro de 24 quilates, si hay un desplome bancario en el ínterin de una ejecución, puedo cambiar las monedas por obras de arte a mi elección y del mismo precio. La entrega será en dos partes: ochenta por ciento al momento de la firma del contrato de ejecución y veinte por ciento al momento de la muerte de cada individuo. La suma se pagará con transferencia en las cuentas y lugares que les suministraré oportunamente. Les hago la aclaratoria que las cantidades por cada ejecución futura podrán subir o bajar según las circunstancias y la metodología que utilice.


Segundo: Será a cargo de ustedes el suministro del material de trabajo para todas las ejecuciones. Considerando que su proyecto es liquidar a varios funcionarios corruptos de Argentina, la mitad del material en especies estimado para realizar las encomiendas deberá ser entregado por adelantado en un plazo no mayor de un mes desde la firma de esta carta por las dos parte, y comprende los siguientes rubros: dos litros de cianuro puro, un kilo de Ántrax, una caja de jeringas hipodérmicas, tres bombonas para buceo submarino pero llenas con monóxido de carbono, cincuenta puntas de flecha con curare, cinco kilos de dinamita en tacos, seis minas explosivas con un radio de acción de cinco metros, diez kilos de bombas gelatinosa, veinte relojes despertadores, diez metros de cables rojos, diez metros de cable amarillo y diez metros de cable negro, diez detonadores marca Siemens, tres sistemas de transmisión por radio de largo alcance, dos morteros con tres cohetes cada uno, cuatro pistolas Glock, tres revólveres Mágnum 354, veinte cajas de balas hallowpoint 9 mm, diez cajas de balas mágnum 45, un garrote masai, un puñal tantó japonés de cuarenta centímetros de penetración, una wakizashi, dos catanas samurái, una lima para afilar armas japonesas, un estilete italiano del siglo XVII con punta emponzoñada, un tenedor de puntas cónicas impregnado de veneno para ratas, dos rifles M-16 de dos mil metros de alcance con sus respectivas miras telescópicas y cien balas fragmentarias para cada uno, dos bombas de lanzamiento aéreo de veinte kilos la unidad, seis sub ametralladoras Thompson con dos mil municiones, diez gramos de toxina botulínica pura, tres latas de  tetrodotoxina o una pecera con varios peces fugu para que yo mismo se la saque, tres vehículos con matricula inidentificable, una mujer muy bella dispuesta a todo y que no pregunte nada, seis cajas de lápices Mongol una botella de Coca Cola llena con ricina, dos chalecos, , un sombrero, dos pantalones y seis interiores antibalas, un  frasquito de mercurocromo y tres cajas de curitas. Todos deberán ser probados previamente por ustedes o por gente de su confianza para darme garantía de calidad.
Para facilitarles la obtención del material les puedo recomendar estos centros de distribución: en Colombia en el área del Alto Apure venezolano, llamar en voz alta al Sr. Pedro a las 7 de la noche del lado este del río frente a la venta de papayas de doña María , en Siria, en el Hotel Concorde, preguntar por Amir, el mesonero loco, en Irán en la mezquita de Sehij Lutfullah en Ispahán, dejar una nota con su dirección metida en un sobre negro en el velatorio de Sahanmhar Josehim, en Irak en el hotel Bauska de Bagdad, hablar con el ciego que se sienta en el lado izquierdo de la entrada de atrás. Este material también puede ser obtenido de cualquier distribuidor independiente europeo o americano reconocido, pero no acepto armamento chino, ruso o de países subdesarrollados."

En ese instante Estanislao Miquilena interrumpió la lectura poniendo cara de asombro:
-¡Joder, este va a acabar con toda la Argentina!
Haciendo una pausa Guacaral colocó por un instante la carta sobre la mesa y sonriendo le respondió en tono irónico:
-Lo que me imagino es que ya hizo un inventario a fondo de la administración pública.
Víctor D’Onofrio también sonrío pero añadió un comentario que termino con el asunto:
-Creo que sabe lo que hay que hacer, sigamos…
El presidente de la organización lo miró con complicidad y reemprendió la lectura:


"Tercero: Una vez suministrados los nombres de las personas a ejecutar y los detalles y pruebas del caso, este  será previamente sometido a un juicio sumario de mi parte, y solo después que los declare culpables serán eliminados en un plazo no mayor de diez días. Si los considero inocentes o tengo dudas serias devolveré el dinero entregado en una semana, menos un cinco por ciento por los gastos de estudio e investigación.
Cuarta: Me reservo el derecho de conservar o recuperar los cadáveres para fines de colección o experimentación, así como liquidar a los sentenciados de la manera como me plazca, incluso subcontratando personas de mi libre escogencia.
Quinta: Todos los contactos con su organización los haré con el señor Tulio Monsanto."


Al oír esto, el adolorido mensajero de la carta saltó de la silla como si lo hubiese lanzado un resorte.
-¡No, por favor, no! Que escoja a otro, si no renuncio...
-Calmáte Tulio- lo tranquilizó Guacaral- seguro que te ha tomado cariño.
-Cariño… ¿Cómo? Si ese boludo es un enfermo mental…
Esta vez fue Gunter quien trató de sosegarlo:
-Creo que eres la única persona a la que le tiene confianza porque sabe que le tenés miedo, podés estar tranquilo, conozco la psicología de ese tipo de gente.
-Es cierto- lo apoyaron los otros.
Tulio no contestó. Frunció el ceño y se agarró la cabeza sin disimular la preocupación.
-Bueno, déjenme terminar, que esto sigue- dijo López Guacaral y reanudó:


"Sexta: A la fecha de firma del contrato cambiaré de nombre y domicilio y no será posible contactarme de nuevo sino cuando yo decida hacerlo o por medio de la persona mencionada.
Séptima: Las personas facultadas por su grupo deberán firmar esta carta de intención el día lunes a las 12 en punto de la noche en mi actual residencia, a la que deberán comparecer sin ningún sistema de grabación o conservación de pruebas, incluyendo loros tropicales.
Octava: Aun cuando trabajo solo, podré requerir la ayuda personal de alguno de ustedes en caso que lo estime conveniente y ella me será suministrada sin reservas.
Novena: Una vez firmada por las partes esta carta de intención contractual, las dos copias serán destruidas, quedando solo el recuerdo o las notas que deben tomar de su contenido. Todas las personas que lo conocieron, y de las que me darán los nombres y direcciones, deberán abstenerse de hacer el más mínimo comentario sobre el tema, incluso con sus familiares más íntimos. En caso de haber una filtración quedo en libertad de responsabilizar de ello a cualquiera de ustedes al azahar, al igual que lo podré hacer con todos, y fuera de la liquidación personal del responsable habrá una pena complementaria: la ejecución masiva de los familiares de todos los miembros de la organización.
Décima: La falta de cumplimiento de las obligaciones de su parte me libera de todo compromiso con esa organización y me da derecho a cualquier cosa."


Cuando terminó la lectura un silencio pesado se apoderó del ambiente. Ninguno de los presentes se movió de los asientos y sus caras rígidas develaban el estado de ansiedad y temor que les produjo la lectura. Todos sabían que relacionarse con asesinos a sueldo es algo extremadamente peligroso, pero ahora lo experimentaban personalmente. Fue después de unos segundos que López Guacaral les regresó a la realidad:

- Bien, también debo decirles que esta carta está escrita en alfabeto Morse, así que no hay forma de saber quién la escribió.
-¿Voz leés Morse?- Interrogó Miquilena un poco sorprendido.
-Sí, lo aprendí cuando vivía en Los Ángeles y era la única manera de comunicarse debido a la contaminación.
La escena dominada por aquella atmósfera de inseguridad fue interrumpida otra vez por Miquilena:


-Bueno, lo tomamos o lo dejamos…que opinan. Yo me pregunto ¿No es más segura la Cosa Nostra o la Mafia siciliana?
Monsanto fue el primero en apoyarlo:
- Sí yo también lo creo, ese tipo es un peligro, deberíamos buscar a otro, en Honduras, Venezuela y en el medio oriente abundan los asesinos y son mucho más baratos y razonables.
El precio no es el problema -interrumpió el presidente- lo que importa es la seguridad de que haga un trabajo continuo y sin errores, vos sabés como abundan los incapaces, es un imperio universal con millones de miembros sueltos por todas partes, y en este caso no estamos hablando de mantener bonito un jardín. El fulano Kurlo tiene la ventaja de que aparentemente es perfecto, responsable, posee un gran historial de violencia, una frialdad pasmosa y sobre todo una habilidad y una imaginación extrema. Al menos es lo que dicen todos los que le conocen y trabajaron con él. Ustedes lo saben porque estudiamos antes todos los aspectos de la selección.
-Yo lo contrataría- apoyó Erath.
-Y yo -le siguió Víctor D’Onofrio.
-Igual me pliego –dijo Pitaluga.
Mario del Bízcalo miró a los demás, pensó un instante, pero luego se adhirió a la propuesta.
-Bien- concluyó López Guacaral sin esperar la opinión de los restantes, que aunque no habían hablado ya eran una clara minoría- Será nuestro hombre. Lo contrataremos. El lunes a las 12 de la noche Erath y yo iremos con Monsanto a su casa para firmar y puntualizar los detalles. Recuerden que nuestra próxima reunión queda pospuesta para el martes a esta misma hora, antes no tiene sentido porque estaríamos con las manos amarradas.


Apenas terminó de hablar se levantó de la silla siendo seguido por los otros siete miembros de El Octeto. A medida que iban saliendo del reservado, sus caras serias y rostros fruncidos daban la impresión que había sido la reunión de directiva de una empresa agobiada de problemas.
Afuera, en pleno fulgor de la noche de Buenos Aires los ocho hombres se dispersaron partiendo cada uno por su lado. Aunque era una noche agradable de los últimos días del verano, el sabor a muerte, a venganza confundida con justicia y resentimiento que estuvo presente en la reunión quedó pesando sobre ellos. A pesar de que ninguno se atrevió a expresarlo, todos llevaban incrustado en el cerebro esa desagradable sensación de incomodidad que produce salirse de los causes de la ley.


En uno de los linderos de la ciudad el majestuoso Río de la Plata fulguraba bajo los estrellas, y en la lejanía, el tiempo lento y acentuado de un tango llorón dejaba escuchar el abatido mensaje de su letra.