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domingo, 17 de agosto de 2014


 
LAS NOCHES TURBIAS
 
 
 
(Tercera entrega)
 
 
 
CAPITULO VI

 

 



 

EL CIERRE

 

 

 Eran las once y cincuenta y cinco de la noche cuando López Guacaral, Erath y Monsanto tocaron a la puerta del potencial ejecutor de las sentencias. Aunque en unos momentos Kurlo podría estar firmando un contrato millonario y era lógica cierta cortesía de su parte, no les abrió de inmediato.  Repitieron la llamada por varios minutos, pero solo fue a las doce en punto, como les había dicho, que les abrió la puerta. Al hacerlo, solo los saludó con un gesto de invitación para que pasaran. Monsanto no podía ocultar el desagrado de estar de nuevo en el sitio. Las dos palizas todavía frescas en su memoria y en el cuerpo eran razón suficiente para no volver a verlo. Pero más que molestia lo que sentía era confusión. Sabía que en los bajos fondos de las ciudades el ser humano se degrada y pierde sentimientos y las normas razonables de la conducta se evaporan, pero con personas como él todo era posible. Si el gesto de bienvenida relativamente amable de Kurlo lo tranquilizó, mantenía la desconfianza.
-Buenos días- les dijo cuando ya estaban adentor.
Los tres recién llegados se miraron las caras extrañados por aquella localización horaria, pero cuando López Guacaral se dio cuenta de que pasadas las doce de la noche realmente ya es el día, le respondió rectificando la idea de noche que tenía en la cabeza.
-Sí, tiene razón, buenos días.
Después de haberse presentado, el millonario se puso a detallar al hombre que tenía enfrente. Por unos segundos penetró la mirada de ojos profundos y amarillentos del anfitrión, y en acto, por su experiencia en seleccionar personal supo que estaba frente la persona que buscaban.
-Bien señor Mastrodoménico, henos aquí conforme a sus deseos -dijo- espero que tengamos una buena reunión de negocios.
-Que así sea - le contestó Kurlo- y sin sentarse les invitó a una taza de té que se cocinaba en un pequeño samovar ruso.


- Seremos muy concretos,-dijo el presidente de la organización a la vez que aceptaba el ofrecimiento- Ya sabe quiénes somos y el proyecto que llevamos adelante. Es un trabajo bastante serio y delicado que para que prospere requiere de personas como usted. Está demás decir que nos ha sido recomendado como el hombre hecho a la medida para ello. Ayer tuvimos ocasión de leer y discutir el contrato que nos hizo llegar y puedo decirle que hemos aprobado todas sus condiciones, salvo algo que quisiéramos eliminar, me refiero al final de la cláusula novena. Nos parece injusto que por el desliz de una persona tengan que morir varios inocentes. ¿No podría limitar esa masacre a los familiares del responsable de la indiscreción?
Kurlo hizo un gesto irónico con la boca.
-O sea, ¿que antes de empezar ya teme usted que habrá un desliz informativo?
-No, no lo digo por eso- respondió su interlocutor tratando de tranquilizarlo- si llegara a haber una delación nosotros estamos más desprotegidos que usted, y comprenda que somos los que menos la deseamos. No olvide que la mayoría somos hombres públicos imposibilitados de desaparecer tan fácilmente a la hora de un escándalo; lo que no vemos es porque tienen que pagar las familias de los demás miembros de la organización por los errores o la mala fe de uno.
Apenas terminó de exponer su preocupación trató de probar él té, pero al sentir un fuerte ardor en la lengua lo rechazó violentamente derramando una parte del líquido por el piso.


-Perdone, se me olvidó decirles que solo bebo té de pimienta negra- se excusó Kurlo- no se preocupe, yo lo secaré.
Monsanto, aunque también se había quemado el paladar se lo bebió todo y se lamió los labios simulando complacencia. Conocía al hombre y sabía que podía reaccionar pegándole si despreciaban su bebida favorita.
Pasando por alto el rechazo a la infusión, el matón contestó:
-Vea señor López, yo no modifico las cláusulas de mis contratos; antes las estudio cuidadosamente y cada una tiene su razón de ser. Cumplan ustedes con la reserva total que yo exijo y no les pasará nada. Todavía no sé cuántos son los directivos ni quienes forman su organización, es algo que me dirán y luego averiguaré detalladamente, pero entienda que en caso de haber una indiscreción quiero que todos paguen por igual. ¿Sabe lo que es la Mamerta?
-Sí, claro, el silencio de la Cosa Nostra -le respondió López Bucaral, ajustando:


-Pero no olvide que no estamos en Italia ni somos delincuentes, esta es la tierra del tango, de Perón, de la deuda, del populismo.
-Cierto, pero en cualquier lugar una traición en este tipo de trabajos suele pagarse con la vida. Puedo asegurarle que con esa cláusula todos se cuidarán de mantener la más alta discreción.
Los tres se miraron entre sí. Sabiendo que discutir en aquel momento sobre el punto no iba a modificar la decisión que ya había sido tomada, el jefe de la organización prefirió no alargar más, además sabía muy bien quienes eran las personas que había escogido para que le acompañaran en esa gesta justiciera. Ninguno de ellos jamás diría nada de lo que supieran sobre el caso.
-Está bien, la dejaremos así. Pero puede estar seguro de que de nuestra parte no se producirá la indiscreción- Diciendo esto sacó el contrato del bolsillo del chaleco y concluyó:


-¿Entonces, como concretamos los detalles?
-Bueno, firmen su copia, aquí tienen la mía firmada- dijo Kurlo poniéndola en la mesa.
López sacó su pluma, la destapó lentamente. Mirando la hoja le preguntó:
-¿Dónde aprendió a escribir en Braile?
-No la escribí yo, lo hizo mi secretaria, que es ciega, en estos círculos la mejor manera de trabajar tranquilo y que los empleados terminen con vida es haciéndolo con gente que no ve nada.
López volvió a mirar el documento como dudando de firmar, pero luego de un breve instante estampó la rúbrica. De inmediato se lo entregó a Erath, que echándole un vistazo simbólico lo imitó sin más alargamientos.
-Bueno ya está listo -dijo- Negocio cerrado. Ahora, aquí tiene dos carpetas, una con el nombre de los que conocemos el contenido del contrato, le agradezco que la guarde adecuadamente aunque están cifrados en morse chino escrito al revés en una traducción árabe. La otra ya es la de trabajo, allí está el nombre de las personas involucradas en el caso del Ministerio del Desarrollo Social y todos los detalles que les comprometen. Ellos serán el primer grupo a ejecutar.
Al decirlo le extendió la última carpeta. En su parte exterior se podían leer claramente tres nombres con sus respectivas direcciones: Julio Balmoral, Antonio Di Stefano y Mauro Picachoni.


Hizo una pausa y prosiguió:
-No vamos a interferir en nada en su trabajo, pero si le sirve de algo le informo que Balmoral era el ministro anterior al actual y tiene cierta guardia de protección, los otros dos eran altos funcionarios del ministerio y socios en el desfalco, pero fuera de la dificultad de que ambos viajan mucho, no creo que se estén cuidando. Adentro encontrará todos los detalles del golpe que dieron. Ahora usted dice lo que sigue.


Kurlo tomó los documentos. Colocó las dos carpetas en la mesa y agarrando los contratos por la parte superior ajustó en tono firme:
-Primero rompamos los contratos escritos. Supongo que tomaron los datos necesarios, a partir de este momento su contenido queda de palabra, algo que es sagrado entre las partes como lo dice su propio texto.
Antes de terminar de hablar los rompió y luego pasó los pedazos por una máquina destructora de documentos. El desagradable ruido metálico se expandió por el apartamento mientras volvía papelillo toda huella de lo escrito. Al concluir, Kurlo sacó los restos en tiras de papel, los colocó en una bandeja de porcelana que estaba sobre la mesa y les prendió fuego. Cuando solo quedaban cenizas, le vació encima un pequeño frasco con ácido sulfúrico. El humo del ácido calcinando los residuos quemados se expandió unos centímetros haciendo desaparecer para siempre el más mínimo recuerdo de aquel documento.
Solo un hombre en el mundo, el jefe de recuperaciones de la policía secreta de la antigua KGB habría podido revertir el proceso destructivo del papel y decir lo que allí estaba escrito, pero ahora yacía tres metros bajo tierra por oponerse al control accionario de la Yukón por parte de los socios de Putin.
-Mañana les daré los números de cuenta de los bancos y el lugar donde colocarán los diamantes del primer pago, igual las obras de arte cuando fuera el caso. Por otra parte, necesito el teléfono celular y la dirección electrónica del que será mi único contacto con ustedes - y señaló a Monsanto- El mío puedo dárselos, pero no les servirá de nada, lo cambio día a día. También les informaré del sitio y la manera como recibiré el armamento. Para cuando llegue el alijo ya habré realizado los ante juicios de mérito de cada uno de los primeros involucrados, es decir que de ser realmente culpables estarán muertos en un lapso no mayor de diez días. Les adelanto que por otras razones ya tengo suficientes elementos de prueba de la culpabilidad de Antonio Di Stefano. Incluso sé el nombre del banco al cual transfirió los fondos robados, a ese considérenlo ya un cadáver en espera del entierro.
-López Guacaral hizo un mohín de complacencia, y los otros dos sonrieron mientras se miraban.


Monsanto escribió los datos solicitados y se los entregó a Kurlo preguntando:
-¿Y yo como le contacto?
-No podrá. Seré yo quien le llame o le escriba, y recuerde que si le llamo por teléfono no reconocerá mi voz, para estas cosas solo hablo con un pedazo de turrón en la boca para despistar. Además en pocos días ya habré desaparecido de este sitio y de todas partes. Por razones de seguridad paso a la condición de comentario o de recuerdo. Ah, también les recomiendo que para apurar el suministro del material de trabajo traten de obtenerlo en la frontera de Venezuela, es más cerca, además que en el medio oriente ahora hay demasiados problemas. A pesar de que la guerrilla colombiana es muy seria en ese tipo de negocios fíjense que no haya equipos rusos en el lote, muchos de las nuevas armas del gobierno venezolano ya está en las zonas guerrilleras de Colombia y recuerden que yo solo trabajo con material norteamericano, belga o de otros países occidentales. Bueno, creo que por ahora eso es todo.
Diciendo esto Kurlo se levantó de la silla y apagó la luz de la sala dejándola en tinieblas, dando a entender indirectamente que la reunión había terminado.


Aquella actitud brusca incomodó un poco a López Bucaral. En un hombre de su nivel financiero era él quien decía cuando se terminaban las reuniones y el tiempo que duraban, pero no obstante, su inteligencia le hizo comprender la diferencia que había entre aquella entrevista tan especial y una de sus reuniones normales de negocio.
Mientras Kurlo los conducía hacia la puerta en plena oscuridad, puso una mano sobre el hombro de Monsanto, y le dijo:
-Ya no hay rencor amigo, entre nosotros toda la cuenta está saldada, Creo que más nunca volverá a insultar a alguien sin antes pedir permiso.


El aludido lo miró de reojo sin hacer el menor gesto, pero en el fondo se sintió mucho mejor.

 Después de despedirse del extraño personaje, los tres salieron hacia la madrugada que a esa hora les pertenecía totalmente. Era algo más de las dos y ya no se veía ni un alma en el lugar.
Estando ya solos, Tulio le preguntó a López Guacaral:
-¿Vos crees que el hombre sirva?
-Seguro che, es el tipo ideal, frío como un témpano, se ve extremadamente inteligente, muy organizado y responsable. Si no fuera lo que es lo nombraría jefe en uno de mis departamentos de cobranza, es del tipo de gente que siempre tiene la razón.
Con pasos lentos fueron caminando rumbo a la calle Quezada. A dos cuadras del edificio donde habían estado les esperaba el enorme Mercedes Benz negro del multimillonario ganadero, quien a partir de ese momento empezaba a poner a trabajar su inmensa fortuna de una manera un poco fuera de lo normal.


  

PRIMER EPÍLOGO

 
 

Cuando los visitantes salieron del apartamento, Kurlo se dejó caer en el sofá sin prender la luz. Se quitó los zapatos con los pies y los lanzó a los lados. Llevándose las dos palmas de las manos a los ojos se los apretó con fuerza para liberar tensión. Lentamente las fue moviendo hacia los huesos temporales y al final estiró los brazos hacia arriba entremezclando los dedos en el tope. Durante unos segundos mantuvo los ojos cerrados sin manifestar ningún estado de ánimo o sentimiento. Luego de bajar los brazos dejó caer la cabeza sobre el respaldar del sofá y por su mente pasó la imagen en cámara lenta del trabajo que tenía por delante: primero dar los datos para el pago y señalar el lugar de entrega del armamento y los diamantes, después constatar que los depósitos habían sido hechos, y de inmediato quemar el apartamento para simular su muerte. Adentro dejaría el cadáver de un hombre de su estatura vestido con sus ropas y al que antes le habría implantado rasgos dentales iguales a los suyos. Para facilitarle el asunto tenía un muerto encerrado en el congelador del sótano del edificio. Se lo habían dado en pago los del grupo mafioso del el zurdo Mario por un trabajo que les había realizado unos meses antes. Pensó que hizo bien en aceptarlo y lo conveniente de tener siempre un muerto guardado en casa para casos de emergencia.

Al analizar de nuevo las ejecuciones que tenía por delante las vio sencillas. Aquellos hombres no estaban todavía sobre alerta. Como ya lo había calculado, al primero lo liquidaría simulando un accidente, a Di Stefano lo haría volar por los aires y al ex ministro lo sacrificaría con un tiro a distancia en la cabeza. Tendría unas tres semanas para estudiar sus participaciones en el desfalco a la nación y concretar los detalles logísticos de los asesinatos. El problema vendría con los siguientes candidatos, ya que apenas se supiera que era una acción contra corruptos casi toda la alta administración gubernamental del pasado y del presente se pondría en guardia contra su sombra.

Aunque desde hacía varios años había practicado e imaginado varias maneras de liquidar a blancos humanos y dominaba ampliamente todo tipo de armamentos, realmente nunca había matado a nadie. Solo gozaba de una fama de killer que le habían dado gratuitamente quienes quedaban impresionados por la manera tan violenta de sus palizas y el estado en que quedaban las víctimas. Lo que no sabían sus admiradores era que sus golpes eran cuidadosamente calculados para producir dolor pero sin matar o inutilizar seriamente al contrincante. Pero esa no era excusa. Simplemente había llegado el momento de iniciarse en un nuevo tipo de trabajo donde el pago era motivador y la causa le parecía justa. Estaba seguro del éxito por su manera de analizar y ejecutar las cosas. Ello le volvía casi infalible, primero por su inteligencia natural desarrollada en las carencias, luego la rigurosa aplicación de la metodología de la desconfianza y el cuidado, la práctica previa a cualquier acción a realizar, y todo apoyado por sus estudios de física cuántica a la que ya empezaba a dominar.  Era demasiado para cualquier policía que solo tuviera como fortaleza estudios técnicos y la simple condición humana. Lo único que daba miedo era que después de la primera vez, como las putas tendría que repetirlo indefinidamente sin que nada pudiera detenerlo, y sobre todo sin importarle en absoluto el motivo de las muertes.
Pensó en su madre drogada en la cocina y de lo más íntimo de su ser afloró el profundo sentimiento de soledad que le había llevado al mundo de la violencia, el mismo que ahora estaba a punto de transformarlo en criminal.
Unas dantescas sombras chinescas en forma de armas de destrucción masiva se fueron cruzando por su mente, y a medida que las figuras se agigantaban y cubrían el planeta, cayó presa de los sueños abandonando momentáneamente el mundo de los vivos. Pero seguía siendo aquel chico del pasado aunque ahora se había agigantado.


(Para tener la secuencia de la novela visite las entregas I y II en la parte inferior)

 

sábado, 9 de agosto de 2014


 

LAS NOCHES TURBIAS

 

(Novela por entregas)

 

OTROVA GOMAS

2da. Entrega 
 
 Recomendación: Si Ud. no ha leído la primera parte puede hacerlo al final de la presente. 

 

CAPITULO IV

  
LA EMPRESA
 
 
 

 
Tal como había sido acordado, al atardecer del siguiente día, Tulio Monsanto, el hombre castigado por Kurlo, llegó de nuevo al edificio de su agresor. Subió con lentitud por las escaleras como queriendo retrasar el momento del encuentro. Unos jóvenes que descendían jugueteando peligrosamente casi lo tumban, pero logró mantener el equilibrio sosteniéndose del pasamano y apartándolos como pudo. Su cuerpo aún sentía los efectos del lanzamiento contra la pared, y sobre todo el terrible dolor que le causó la apagada del cigarrillo contra el cuello. Su cara reflejaba las incógnitas que lo consumían por dentro desde la noche anterior: ¿Por qué a él? ¿Sería para disculparse? ¿Cuál fue su verdadera intención al escogerlo? La duda no le permitió darse cuenta que pasó de largo el apartamento. Reaccionó apenas empezaba a subir el siguiente piso, y se regresó preocupado, más por la proximidad del momento del encuentro que por el error de distracción.

Ya frente al sitio todavía dudó por unos instantes. Su mente confundida entre la incertidumbre, el miedo y la turbación que nacía del interior de sus entrañas tuvo un breve instante de rebeldía. Pensó en irse corriendo, dejar todo así y que los demás resolvieran el asunto, pero tomando una enorme bocanada de aire aceptó su destino. El compromiso moral que había asumido con el grupo y con el país pesaba más que otra cosa. Expulsó el aire y acercando la mano al timbre, sin más preámbulos dejó que el índice hiciera su trabajo.(*)

Al abrirse la puerta apareció la figura maciza de Kurlo. Su cara lucía impasible como cuando lo agarró por la cintura para sacudirlo en el aire. En esta ocasión lo miró con indiferencia y no pronunció ni una palabra.

-Buenas – dijo Monsanto con voz trémula y medio apagada- aquí estoy...

En respuesta el dueño de la casa se le quedó mirando, esta vez por un tiempo más largo pero que al otro le parecieron horas, y sin hablar, se apartó un poco haciendo apenas un gesto para que pasara.

En el momento en que se cerró la puerta del apartamento, el enviado del grupo entró en el reino de la turbación. Detestaba aquel silencio maldito y esa mirada helada que no trasmitía nada. Y no le faltaba razón, porque además del mutismo y que ni siquiera le invitó a sentarse, Kurlo ignorándolo completamente se dirigió a una mesa lateral donde estaba ajustando un instrumento. Allí se sentó dejándolo parado en el medio de la sala como si fuera un fantasma.

El escozor interno del recién llegado creció. Aquella situación humillante le hacía achicar aún más las fibras morales llevándolas a un nivel que no había conocido antes. Confundido trató de buscar asiento para esperar que lo atendiera, pero apenas se dispuso a hacerlo este le gritó desde lejos:

-No se siente, esas sillas están en cuarentena para usted, espere parado.

Solo después de transcurridos casi diez minutos abandonó lo que estaba haciendo, y caminando lentamente hacia el visitante, apuntó:

-Lo que usted dijo ayer fue una imbecilidad que no me gustó y debe saber que aún no le he castigado.

El pobre hombre reaccionó instintivamente moviéndose hacia la puerta. Su rostro primero se puso rojo, luego se fue tornando amarillo y después de recorrer varias tonalidades de los atardeceres árticos se detuvo en el blanco puro.

-Perdone señor, yo no quise ofenderle, fue un decir intrascendente –dijo angustiado- he venido porque nos iba a dar una respuesta, no me vaya a pegar, por favor, se lo suplico, soy un hombre débil, por favor…

A medida que iba hablando continuaba moviéndose hacia la puerta.

-No se preocupe–dijo el matón- será un castigo breve, pero no lo puedo perdonar porque para mí es una cuestión de principio. Mi vida ha sido una batalla sin cuartel contra los locos y los necios y usted me califica de eso irrespetando todos mis valores.

Monsanto pensó en correr pero se dio cuenta de que ya era muy tarde, el otro lo había agarrado por el cuello y apretándole con una violencia desproporcionada para el tamaño y la fortaleza de la víctima, que además ni siquiera se defendía, empezó a ahorcarlo haciendo énfasis en apretarlo más duro por el lado de la quemada. En el momento crítico de la asfixia se detuvo. Lo dejó respirar y al constatar que estaba vivo esperó que se recuperara. Notando que aún conservaba aliento lo recostó de la pared y allí empezó a pegarle. Prácticamente le ametralló la cara con golpes de derecha e izquierda repetidos con una armonía impresionante, cada uno más fuerte que el otro. El sonido de los puños era absorbido por la carne donde se estrellaban y se volvían ruidos secos trasmisores de la violencia del castigo. Sus manos recorrían distintos ángulos del rostro venciendo los inútiles intentos por esquivarlos. En cierto momento trató de cubrirse con los dos brazos, pero los puños de su agresor descendieron y empezaron a darle sin piedad en la zona del plexo solar. Se notaba la experiencia extrema de aquel hombre en el arte de demoler las defensas de sus contrincantes. Pero no se detuvo hasta que se dio cuenta que el golpeado había perdido los sentidos y se desmoronaba perezosamente como si fuera un muerto.

Fue dos horas más tarde, al abrir los ojos, que Tulio Monsanto se percató que estaba en el piso. Miró el techo del apartamento y descubrió o le pareció que este era azul cielo y tenía pintadas estrellas, cometas y luceros. Apenas movió el cuerpo adolorido sintió una voz que no reconoció al primer momento por aquel estado:

-Acá tienen la respuesta que les prometí –dijo Kurlo tirándole un sobre encima- Allí están escritas las condiciones del negocio cuidadosamente detalladas. Léanlas y si están de acuerdo, el próximo lunes a las doce de la noche venga usted con dos de las personas que toman decisiones. Dígales que no traigan grabadores ni loros.

El mensajero de la organización argentina para liquidar corruptos casi no entendió las palabras. Tenía el rostro hinchado y lleno de sangre y el dolor lo distraía. El impacto  del día anterior no se comparaba en nada al estado físico de ese instante. Extraviado entre esa confusión que deja volver a la conciencia luego de un trauma y los dolores corpóreos, pudo percibir que había perdido varios dientes delanteros y una muela. Se maldijo por haber venido, pero resignado se fue parando con lentitud. Tomó la carta que se encontraba a su lado y poco a poco se dirigió tambaleando hacia la puerta que le esperaba abierta. En lo más profundo de su conciencia juró que jamás volvería a regresar a ese lugar.

 

++++

 

La calle Rivadavia de Buenos Aires es larga como muchos de los bulevares y avenidas de la hermosa capital bonaerense. Está llena de edificios modernos, pero se encuentra sembrada de esas viejas construcciones de arquitectura europea del siglo XIX que le dan el toque elegante y diferente de otras capitales suramericanas. En el número 38, segundo piso, derecha ascensor de uno de las lujosas edificaciones, funcionaban las oficinas clandestinas de la organización creada para combatir la corrupción.

La entidad fungía externamente como el departamento administrativo de una empresa dedicada a la exportación de carnes, pero en su parte trasera, en un salón de paredes grises sus directivos se reunían dos veces a la semana. Allí solo había una mesa ovalada, ocho sillas, un archivo grande y un reproductor de sonido de alta calidad. El grupo lo componían ocho personas y se había constituido por iniciativa de Julio López Guacaral, un ganadero y político retirado del partido radical, quien por la repugnancia generalizada contra la continua descomposición de los gobiernos que había padecido el país hasta el presente, incluyendo el de Juan Domingo Perón y el de sus Evitas, había programado una manera inédita y sui géneris de venganza contra los funcionarios públicos corruptos: su liquidación física inmediata.

En criterio de aquellos hombres y varias personas que les apoyaban y financiaban desde la sombra, eso además de ser un castigo definitivo contra los culpables y garantizar que no volverían a reincidir, también serviría de advertencia a otros y así limpiar a la administración pública de tantas inmundicias. Para lograr el objetivo que se había trazado, López Guacaral contaba con una fuerza de apoyo muy particular que le haría manejable todas las dificultades que se le presentaran: era el único heredero de una de las más grandes fortunas ganaderas del país.  A fin de que le acompañaran en su quijotesca empresa vengadora, el millonario había buscado la colaboración de dos grandes e íntimos amigos, Estanislao Fonseca, abogado y ex miembro del tribunal supremo, que había visto en detalle la manera como se manejaban los juicios contra la corrupción en Argentina, y Mario del Bízcalo, un ingeniero medio anarquista, de profundo resentimiento político contra el peronismo de derecha, el de centro, el de izquierda, el renovado, el auténtico y de todas la variedades en que se habían dividido los feligreses del estúpido culto al general Perón. Entre los tres lograron reunir al resto de los miembros de la directiva: Braulio Tancredo, un médico muy hábil que solo operaba gente desahuciada, para en caso de muerte poder echarle la culpa al estado terminal del paciente o llenarse de fama si por milagro se salvaba, Gunter Erath, arquitecto, amigo de Bízcalo, hijo de un refugiado alemán y tirador de elite que sostenía la interesante tesis de que los partidos políticos son bandas organizadas para dar un golpe contra los fondos del estado, Julio Pitaluga, otro ganadero, eterno opositor del gobierno y del que se decía que de noche salía a matar gente que se pareciese a cualquier ex presidente argentino, y Víctor D’Onofrio, un contador que trabajaba al servicio de Guacaral. Los otros eran, Estanislao Miquilena, viejo comerciante también obsesivo anti peronista y ex convicto por evasión fiscal, en cuyo juicio alegó que viendo el destino que se le daba a los fondos públicos, jamás pagaría un centavo de impuesto salvo que él mismo lo administrara, y Tulio Monsanto, a quien Mastrodoménico había castigado, hombre tímido, lento y pacífico, cuyo padre fue una víctima famosa de la dictadura de los años ochenta porque lo usaban para probar la eficacia de nuevos instrumentos de tortura, de donde nació su profundo odio por todo lo que fuera gobierno.

El heterogéneo grupo decidió llamar a la organización con el sobrenombre de El Octeto, más como tarjeta de presentación que como un bautizo significativo. Tal vez solo sirvió para que sus reuniones semanales se hicieran bajo las notas del famoso octeto D 803 de Frank Schubert, una de las piezas favoritas de Erath.  En su rutina de trabajo estaba analizar cuidadosamente todos los aspectos vinculados a los actos administrativos sospechosos de corrupción, para lo cual se basaban en los informes suministrados por un servicio de inteligencia altamente organizado y financiado por López Guacaral, que igualmente procesaba en secreto las declaraciones de testigos.

Fueron esos ocho hombres quienes dos semanas antes y bajo los acordes del andante molto alegre de la dramática  melodía shubertiana, decidieron comenzar la acción vengadora ordenando la liquidación física de tres ex funcionarios del gobierno: las personas a quienes la central investigadora responsabilizó del desfalco que en esos días escandalizaba la opinión pública argentina.  Para el inicio de lo que sería una expansiva onda punitiva habían decido contratar a un matón por encargo, y fue la causa de la visita de cuatro de sus miembros a la casa de Kurlo Mastrodoménico.

 La decisión de su escogencia no fue por azar o tomada a la ligera. Fue el resultado de un largo estudio en que se descartaron casi veinte posibilidades, incluso la contratación de la Cosa Nostra italiana o traer al país diferentes asesinos profesionales de lugares tan distantes como eran kamikaze free lance del Japón, mártires de Mongolia, piratas del mar de China, matones ultraderechistas de Ucrania, hombres bombas de Afganistán, suicidas  preparados por Al Qaeda para alquilar, y hasta enfermos mentales peligrosos de varias partes de los Estados Unidos y de Europa.

 

 (*) Aunque por una costumbre que viene desde la era prehistórica -cuando los hombres solían despertar a su pareja clavándoles el índice en la barriga para que se parara a hacerles el desayuno- este es el dedo que más se utiliza para tocar timbres, hay casos probados de personas que lo hacen con el dedo anular y el meñique, e incluso se han detectado varios individuos que por razones desconocidas prefieren hacerlo con el pulgar.

 

 

CAPITULO V

 

EL CONTRATO
 
 
 

 

 

El lunes doce de Enero, parcialmente recuperado de la segunda paliza, Tulio Monsanto llegó con puntualidad a la reunión del grupo. Los otros miembros al ver el estado físico que presentaba su compañero se quedaron impresionados. Luego de explicarles lo ocurrido y la tunda recibida, hizo entrega del sobre que le había arrojado encima el matón.  Aunque nadie podía imaginar que aquello fuera cierto, la premura por conocer su contenido hizo que el asunto quedara marginado.

Como era el hábito en las sesiones del Octeto, primero que nada se hizo el tradicional minuto de silencio que habían acordado para el reposo del alma de los que caerían en las acciones vengativas, luego se prendió el reproductor de sonido haciendo que las notas del andante de la obra se propagaran por la habitación, y mientras esta sonaba, el fundador del grupo se levantó del asiento tomando la palabra para despejar el estado de expectativa. 

-Bien, veamos que ha dicho el hombre – comenzó, y mirando a Monsanto le interrogó-¿No te dijo más nada?

-No de fondo, -contestó este lacónicamente- Ya saben que es un hombre muy callado. Habla de otra manera, solo me advirtió que para la próxima reunión no llevemos grabadoras de ningún tipo.

Mientras este hablaba Guacaral tomó el sobre por la parte superior y empezó a abrirlo rasgándolo cuidadosamente. Sacó las dos hojas de papel que se hallaban en el interior, y conforme era su costumbre en las reuniones de negocio,  primero leyó solo y en silencio su contenido. A medida que su mirada recorría el papel sus cejas fueron tomando la forma de un arco extendido, y la raya que siempre le adornaba la frente en momentos de tensión se instaló en su  sitio preferido. Miró a los otros siete miembros que esperaban intranquilos y dijo:

-Bien, voy a leérselo en voz alta.

"Estimado señores:
Tengo a bien participarles, que luego de un detallado análisis de su oferta, así como de las razones morales y el riesgo que involucra el trabajo solicitado, decidí aceptarlo bajo estas condiciones:
Primero: El monto de mis honorarios para la ejecución de las personas que me mencionaron es de cincuenta mil dólares americanos por cabeza. Cantidad que será pagada en su equivalente en seis tipos de valores por igual: dólares, euros, francos suizos, libras esterlinas, diamantes y oro de 24 quilates, si hay un desplome bancario en el ínterin de una ejecución, puedo cambiar las monedas por obras de arte a mi elección y del mismo precio. La entrega será en dos partes: ochenta por ciento al momento de la firma del contrato de ejecución y veinte por ciento al momento de la muerte de cada individuo. La suma se pagará con transferencia en las cuentas y lugares que les suministraré oportunamente. Les hago la aclaratoria que las cantidades por cada ejecución futura podrán subir o bajar según las circunstancias y la metodología que utilice.


Segundo: Será a cargo de ustedes el suministro del material de trabajo para todas las ejecuciones. Considerando que su proyecto es liquidar a varios funcionarios corruptos de Argentina, la mitad del material en especies estimado para realizar las encomiendas deberá ser entregado por adelantado en un plazo no mayor de un mes desde la firma de esta carta por las dos parte, y comprende los siguientes rubros: dos litros de cianuro puro, un kilo de Ántrax, una caja de jeringas hipodérmicas, tres bombonas para buceo submarino pero llenas con monóxido de carbono, cincuenta puntas de flecha con curare, cinco kilos de dinamita en tacos, seis minas explosivas con un radio de acción de cinco metros, diez kilos de bombas gelatinosa, veinte relojes despertadores, diez metros de cables rojos, diez metros de cable amarillo y diez metros de cable negro, diez detonadores marca Siemens, tres sistemas de transmisión por radio de largo alcance, dos morteros con tres cohetes cada uno, cuatro pistolas Glock, tres revólveres Mágnum 354, veinte cajas de balas hallowpoint 9 mm, diez cajas de balas mágnum 45, un garrote masai, un puñal tantó japonés de cuarenta centímetros de penetración, una wakizashi, dos catanas samurái, una lima para afilar armas japonesas, un estilete italiano del siglo XVII con punta emponzoñada, un tenedor de puntas cónicas impregnado de veneno para ratas, dos rifles M-16 de dos mil metros de alcance con sus respectivas miras telescópicas y cien balas fragmentarias para cada uno, dos bombas de lanzamiento aéreo de veinte kilos la unidad, seis sub ametralladoras Thompson con dos mil municiones, diez gramos de toxina botulínica pura, tres latas de  tetrodotoxina o una pecera con varios peces fugu para que yo mismo se la saque, tres vehículos con matricula inidentificable, una mujer muy bella dispuesta a todo y que no pregunte nada, seis cajas de lápices Mongol una botella de Coca Cola llena con ricina, dos chalecos, , un sombrero, dos pantalones y seis interiores antibalas, un  frasquito de mercurocromo y tres cajas de curitas. Todos deberán ser probados previamente por ustedes o por gente de su confianza para darme garantía de calidad.
Para facilitarles la obtención del material les puedo recomendar estos centros de distribución: en Colombia en el área del Alto Apure venezolano, llamar en voz alta al Sr. Pedro a las 7 de la noche del lado este del río frente a la venta de papayas de doña María , en Siria, en el Hotel Concorde, preguntar por Amir, el mesonero loco, en Irán en la mezquita de Sehij Lutfullah en Ispahán, dejar una nota con su dirección metida en un sobre negro en el velatorio de Sahanmhar Josehim, en Irak en el hotel Bauska de Bagdad, hablar con el ciego que se sienta en el lado izquierdo de la entrada de atrás. Este material también puede ser obtenido de cualquier distribuidor independiente europeo o americano reconocido, pero no acepto armamento chino, ruso o de países subdesarrollados."

En ese instante Estanislao Miquilena interrumpió la lectura poniendo cara de asombro:
-¡Joder, este va a acabar con toda la Argentina!
Haciendo una pausa Guacaral colocó por un instante la carta sobre la mesa y sonriendo le respondió en tono irónico:
-Lo que me imagino es que ya hizo un inventario a fondo de la administración pública.
Víctor D’Onofrio también sonrío pero añadió un comentario que termino con el asunto:
-Creo que sabe lo que hay que hacer, sigamos…
El presidente de la organización lo miró con complicidad y reemprendió la lectura:


"Tercero: Una vez suministrados los nombres de las personas a ejecutar y los detalles y pruebas del caso, este  será previamente sometido a un juicio sumario de mi parte, y solo después que los declare culpables serán eliminados en un plazo no mayor de diez días. Si los considero inocentes o tengo dudas serias devolveré el dinero entregado en una semana, menos un cinco por ciento por los gastos de estudio e investigación.
Cuarta: Me reservo el derecho de conservar o recuperar los cadáveres para fines de colección o experimentación, así como liquidar a los sentenciados de la manera como me plazca, incluso subcontratando personas de mi libre escogencia.
Quinta: Todos los contactos con su organización los haré con el señor Tulio Monsanto."


Al oír esto, el adolorido mensajero de la carta saltó de la silla como si lo hubiese lanzado un resorte.
-¡No, por favor, no! Que escoja a otro, si no renuncio...
-Calmáte Tulio- lo tranquilizó Guacaral- seguro que te ha tomado cariño.
-Cariño… ¿Cómo? Si ese boludo es un enfermo mental…
Esta vez fue Gunter quien trató de sosegarlo:
-Creo que eres la única persona a la que le tiene confianza porque sabe que le tenés miedo, podés estar tranquilo, conozco la psicología de ese tipo de gente.
-Es cierto- lo apoyaron los otros.
Tulio no contestó. Frunció el ceño y se agarró la cabeza sin disimular la preocupación.
-Bueno, déjenme terminar, que esto sigue- dijo López Guacaral y reanudó:


"Sexta: A la fecha de firma del contrato cambiaré de nombre y domicilio y no será posible contactarme de nuevo sino cuando yo decida hacerlo o por medio de la persona mencionada.
Séptima: Las personas facultadas por su grupo deberán firmar esta carta de intención el día lunes a las 12 en punto de la noche en mi actual residencia, a la que deberán comparecer sin ningún sistema de grabación o conservación de pruebas, incluyendo loros tropicales.
Octava: Aun cuando trabajo solo, podré requerir la ayuda personal de alguno de ustedes en caso que lo estime conveniente y ella me será suministrada sin reservas.
Novena: Una vez firmada por las partes esta carta de intención contractual, las dos copias serán destruidas, quedando solo el recuerdo o las notas que deben tomar de su contenido. Todas las personas que lo conocieron, y de las que me darán los nombres y direcciones, deberán abstenerse de hacer el más mínimo comentario sobre el tema, incluso con sus familiares más íntimos. En caso de haber una filtración quedo en libertad de responsabilizar de ello a cualquiera de ustedes al azahar, al igual que lo podré hacer con todos, y fuera de la liquidación personal del responsable habrá una pena complementaria: la ejecución masiva de los familiares de todos los miembros de la organización.
Décima: La falta de cumplimiento de las obligaciones de su parte me libera de todo compromiso con esa organización y me da derecho a cualquier cosa."


Cuando terminó la lectura un silencio pesado se apoderó del ambiente. Ninguno de los presentes se movió de los asientos y sus caras rígidas develaban el estado de ansiedad y temor que les produjo la lectura. Todos sabían que relacionarse con asesinos a sueldo es algo extremadamente peligroso, pero ahora lo experimentaban personalmente. Fue después de unos segundos que López Guacaral les regresó a la realidad:

- Bien, también debo decirles que esta carta está escrita en alfabeto Morse, así que no hay forma de saber quién la escribió.
-¿Voz leés Morse?- Interrogó Miquilena un poco sorprendido.
-Sí, lo aprendí cuando vivía en Los Ángeles y era la única manera de comunicarse debido a la contaminación.
La escena dominada por aquella atmósfera de inseguridad fue interrumpida otra vez por Miquilena:


-Bueno, lo tomamos o lo dejamos…que opinan. Yo me pregunto ¿No es más segura la Cosa Nostra o la Mafia siciliana?
Monsanto fue el primero en apoyarlo:
- Sí yo también lo creo, ese tipo es un peligro, deberíamos buscar a otro, en Honduras, Venezuela y en el medio oriente abundan los asesinos y son mucho más baratos y razonables.
El precio no es el problema -interrumpió el presidente- lo que importa es la seguridad de que haga un trabajo continuo y sin errores, vos sabés como abundan los incapaces, es un imperio universal con millones de miembros sueltos por todas partes, y en este caso no estamos hablando de mantener bonito un jardín. El fulano Kurlo tiene la ventaja de que aparentemente es perfecto, responsable, posee un gran historial de violencia, una frialdad pasmosa y sobre todo una habilidad y una imaginación extrema. Al menos es lo que dicen todos los que le conocen y trabajaron con él. Ustedes lo saben porque estudiamos antes todos los aspectos de la selección.
-Yo lo contrataría- apoyó Erath.
-Y yo -le siguió Víctor D’Onofrio.
-Igual me pliego –dijo Pitaluga.
Mario del Bízcalo miró a los demás, pensó un instante, pero luego se adhirió a la propuesta.
-Bien- concluyó López Guacaral sin esperar la opinión de los restantes, que aunque no habían hablado ya eran una clara minoría- Será nuestro hombre. Lo contrataremos. El lunes a las 12 de la noche Erath y yo iremos con Monsanto a su casa para firmar y puntualizar los detalles. Recuerden que nuestra próxima reunión queda pospuesta para el martes a esta misma hora, antes no tiene sentido porque estaríamos con las manos amarradas.


Apenas terminó de hablar se levantó de la silla siendo seguido por los otros siete miembros de El Octeto. A medida que iban saliendo del reservado, sus caras serias y rostros fruncidos daban la impresión que había sido la reunión de directiva de una empresa agobiada de problemas.
Afuera, en pleno fulgor de la noche de Buenos Aires los ocho hombres se dispersaron partiendo cada uno por su lado. Aunque era una noche agradable de los últimos días del verano, el sabor a muerte, a venganza confundida con justicia y resentimiento que estuvo presente en la reunión quedó pesando sobre ellos. A pesar de que ninguno se atrevió a expresarlo, todos llevaban incrustado en el cerebro esa desagradable sensación de incomodidad que produce salirse de los causes de la ley.


En uno de los linderos de la ciudad el majestuoso Río de la Plata fulguraba bajo los estrellas, y en la lejanía, el tiempo lento y acentuado de un tango llorón dejaba escuchar el abatido mensaje de su letra.

 

domingo, 3 de agosto de 2014


LAS NOCHES TURBIAS

 Otrova Gomas

 (Novela por entregas)
 
 Dedicatoria:


 Al Testaferro Desconocido, esos seres anónimos que lograron demostrar como la honestidad nos puede ayudar a hacer fortuna.


 
 

CAPITULO I
 
 
 
LAS ENTRAÑAS DEL LOBO
 

Kurlo Mastrodomenico tenía algo que lo diferenciaba de los demás: apenas se empezaba a poner nervioso, se agarraba el dedo meñique de la mano izquierda y lo forzaba hacia atrás hasta sentir el sonido del metacarpo al fragmentarse. A diferencia de otras personas inestables y de los masoquistas principiantes, cuando notaba que ya el dedo estaba desprendido no se quedaba quieto, seguía con el pulgar y luego intentaba amarrarse las dos extremidades sueltas hasta calmar el estado de ansiedad. Quienes le conocían desde los días de la juventud comentaban en las chácharas de sobremesa que eso era anécdota, y lo que realmente le caracterizaba era su irascibilidad extrema, un estado de cólera, que en cuestión de segundos le hacía pasar del trato cordial y las sonrisas a una  agresión brutal e inmisericorde contra quienes le llevaran la contraria. Pero sin duda que fueron su frialdad y la indolencia incrustadas en lo más profundo de su alma, lo que le llevó a terminar en el sórdido mundo de los asesinos por encargo de Buenos Aires.
Su historia era una historia de esas que producen desazón. Un caso más de las conjuraciones de la fatalidad para poner a prueba la voluntad de los protagonistas del drama social. Su madre, harta de vivir esclavizada en las cocinas y lavando ropa, se drogaba en los fogones. Se metía dosis despiadadas de ajo y cebolla pura, absorbía aliños y comía manteca cruda, y en el paroxismo de aquel viaje hacia mundos fantasmagóricos, bebía lavaplatos que le hacían derrumbarse en ataques epilépticos de placer. El padre solo trabajaba medio tiempo en los días impares por un juramento que le hizo al abuelo, un viejo desempleado, que no solo odiaba el trabajo, sino que iba a las fábricas a las horas de salida de los obreros y les agredía acusándolos de imbéciles por someterse a un horario, al que acusaba de robarles la vida sin que se dieran cuenta. Tal actitud rebelde le llevó a sufrir días de penuria, escasez y sufrimientos, en los que arrastró a toda la familia hasta salir de los linderos de este mundo. 
Fue en los tiempos de su infancia y por las inevitables carencias que tuvo que soportar, cuando Kurlo aprendió a mantenerse con los secretos culinarios que atesoran las hojas de los árboles, los animales de los bosques y a beber el agua de los ríos. La supervivencia en él se volvió un deber por necesidad y con ella se estrechó la mano.  En su martirio controlado, además de la dificultad de convivir con aquel par de padres con los cuales le premió el destino, al salir de la adolescencia tuvo que abandonar el hogar por los continuos enfrentamientos con el padre. Bastaba que los dos se encontraran para que uno de ellos pusiera un tema conflictivo y empezaran a discutir en un crescendo de violencia. Lo que se iniciaba como una discrepancia tonta, terminaba con insultos, groserías, acusaciones sobre cosas del pasado y el lanzamiento de objetos contundentes, algo que apenas apaciguaba el llanto de la madre drogada pidiéndoles que se calmaran, pero solo acababa cuando el joven se iba de la casa tirando la puerta y amenazando con quemar el sitio cuando durmieran.
Luego de una agria pelea en la que casi mata a su progenitor y a dos vecinos que trataron de salvarlo, cuando tomó la decisión de irse para siempre del rincón familiar, aun sabiendo que perdía aquel contrincante cómodo y dispuesto a saborear la caricia ruda e incondicional de sus agravios.  El día de la partida el sol se le ocultó con nubes tormentosas, y la melancolía que nunca conoció en la vida ocupó por breves instantes el lugar de su ímpetu agresivo, pero solo soltó una lágrima. No por los padres, era el adiós postrero y el tributo silencioso a Marlene, la hija del vecino, que religiosamente se desnudaba frente a su ventana antes de acostarse sin saber que él la miraba detrás de las cortinas.
Si al principio pasó serias dificultades por la falta de dinero y la ausencia de una mujer que le lavara la ropa con el cariño materno, a los pocos años la vida le dio cartas de ganador y empezó a hacer fortuna. Su primeras incursiones en el mundo de los negocios fueron una exitosa cadena de retretes femeninos dotados de una red de tubos plásticos individuales, los cuales permitían que varias damas pudiesen compartir un baño al mismo tiempo, y sobre todo, sus puestos de venta de pilas usadas, en donde las ofrecía como nuevas empacándolas a la perfección.
Fue años más tarde que un trabajo inesperado amplió la holgura de sus finanzas: los cobardes del barrio que deseaban darle una paliza a alguien que no les respetaba, encontraron en la crueldad y la violencia de Kurlo el instrumento perfecto para el ejercicio de una venganza de altura y ejemplarizante, algo que además de llenarle los bolsillos, le sirvió para desahogar el extraño sentimiento de justicia que tenía anclado en el corazón desde el tiempo de la escuela.  Era un espectáculo patético ver a aquel joven fornido cuando se enfurecía a nombre de otros y les pegaba a sus enemigos quebrándole los huesos, y que mientras trascurría la azotina, el que le había contratado insultaba a la víctima y le hacía sombras de boxeo como si fuera él quien le golpeara.
De esto pasó a vivir de manera exclusiva el joven Mastrodoménico al fracasar el negocio de las pilas cuando una madre descubrió la práctica fullera por los llantos de su hijo; meses antes se le había venido abajo la empresa de retretes femeninos a causa de la permanente rupturas de tubos y las infecciones que desataban. Fue en esos días de ejercicio de violencia, y sin que nadie supiera sus razones, que incursionó como autodidacta en el apasionante mundo de la física.
Después pasó lo que pasó.

  

CAPITULO II

 
 
 

EL DISGUSTO
 
Aquella noche del 8 de Enero había un descontento generalizado en la capital argentina. Los diarios y más tarde los noticieros de televisión solo hablaban del descubrimiento de un enorme desfalco al erario público por parte de un grupo de políticos vinculados al gobierno. La gente en las churrasquerías, en las ventas de mate, en los centros de tango, en el paseo Colón y por casi todas partes solo hablaba de lo mismo. Unos decían: "-¡Otro robo más!, ¡Hijos de su madre! y apostá que no les pasa nada”. Algunos se desahogaban con el clásico: "-La puta que los parió, que los agarrara yo”, y en la intimidad de los hogares por doquier se repetía el popular lamento: "-¡Boludos! ¡Con eso hubiéramos pagado la deuda externa!"
Mientras aquella onda de decepción y amargura colectiva se extendía por la tangueada noche argentina, a la misma hora en el apartamento de Kurlo en el barrio de la Boca había una calma fuera de lo común. Se encontraba en lo que él llamaba una sesión de silencio absoluto. Un estado de concentración sistémica y de pensamiento cero al que se sometía para atrapar la paz espiritual, lo que según él solo podía nacer en un estado de mutismo total y sin el más mínimo murmullo. Gracias a una extraña y compleja hermeticidad física que había creado para vender la patente a la gente que detesta el ruido, la presión ambiental llegaba a unos puntos que podían dejar atónito a un arquitecto aventurero. Pero aquella elipsis extrema, si bien parecía encadenada al mundo de los tántra hinduistas, al kalachakra tibetano o el Libro de los Secretos, tenía una diferencia: a causa de las delgadas láminas de acero que había instalado en las paredes y haber cubierto los vidrios de las ventanas con grafeno, bastaba que se produjese un leve murmullo para que se iniciara un eco en el cual las vibraciones del sonido se propagaban rebotando enloquecidas por todas partes, y la resonancia iba aumentando hasta volverse insoportable al oído humano (*).
Serían las ocho y treinta de la noche. El silencio ya estaba instalado en el lugar y empezaba el desprendimiento de Kurlo de las tragedias de este mundo, cuando justo en ese instante sonó el timbre del apartamento sin que nadie lo esperara.  Apenas lo sintió, su cuerpo sufrió un impacto. Sabía lo que podía significar aquel timbrar en crescendo. Cerró los ojos haciendo una mueca con la boca y se apretó los oídos con las dos manos. No se imaginaba el inoportuno recién llegado el daño que podía causar el encuentro de su dedo con la baquelita del timbre que desencadenó el estrépito.
Su reacción instintiva fue tratar de saltar hacia la ventana para despresurizar la habitación. Aunque existía el riesgo de que al igual que en los aviones volara por los aires todo lo que estaba adentro, pensó que era menos peligroso que la fuerza cortante de aquel sonido de timbre suelto saltando entre paredes. En su intento fracasó. La onda sonora ya más penetrante y aguda que al comienzo, al tropezar con su cuerpo lo lanzó hacia un lado y casi lo degüella. Trató de pararse, pero ella regresó tratando de cortarlo. El timbrado ya completamente enloquecido aumentó la sonoridad y el estruendo parecía el de varias ambulancias desesperadas golpeando todo lo que encontraba a su paso. Con las manos aun en los oídos Kurlo maquinó otra opción: crear un contra ruido. Tendría que llegar al tocadiscos y poner alguna pieza a todo volumen, que al enfrentarse con las ondas sonoras del timbre lograra restablecer la calma. Prácticamente se arrastró como una culebra y alcanzó el equipo de sonido que reposaba en la mesa, tomó un disco de los Rolling Stone y lo puso al máximo volumen.
El efecto esperado fue inmediato. Al oír a los ingleses saltarines gritando, el escándalo del timbre cesó como por decreto celestial y anuló también el de los roqueros. Una paz extraña, casi de laboratorio renació, y la calma creada por dos fuerzas diabólicas enfrentadas regresó al apartamento. Pasados unos minutos y sobreponiéndose a los acontecimientos, Kurlo se levantó del piso, abrió las ventanas, y poseído por la furia se dirigió a la entrada para verle la cara al que le había interrumpido su meditación.
Pero a veces la vida juega sola con sus cartas. Justo en el momento en que abrió la puerta y se enfrentó a los cuatro inesperados visitantes que le miraban, por uno de esos caprichos del cerebro, las dendritas de un axón del lado izquierdo, que en él eran las que desataban las furias, empezaron a penetrar sexualmente el núcleo de una neurona hembra del hipotálamo. Aquello en el acto invirtió la respuesta de ira por una de amor e hizo que les diera la mejor de sus sonrisas.
Podríamos decir, para no minimizar la realidad y revelarnos como incapaces de definir los estados espirituales de ternura y misericordia, que en sus labios estaba dibujada esa expresión de perdón que solo es posible encontrar en un fanático de iglesia cuando dice que ha visto a Dios, **
  
(*) En materia de ondas sónicas, la velocidad es constante en un medio transmisor que tenga densidad regular, pero, en el caso de un espacio cerrado por láminas de acero muy delgadas que hagan rebotar el sonido sobre vidrio cubierto con grafeno, la particular presión atmosférica que produce este material cambia la velocidad formándose lo que se conoce como un anticiclón sonoro, el cual una vez que se desata provoca una inestabilidad física de consecuencias imprevisibles. Para personas interesadas en profundizar sobre el fenómeno, si a 20º C con una presión atmosférica del nivel del mar la velocidad típica del sonido es de 343,8 m/s, el grafeno al ser molestado aumenta la presión y hace que suba a 749,6 m/s. A los pocos minutos aumenta al cuadrado, llevándola a veces hasta los 11.331,8 m/s. Sin embargo, dejamos claro que estos son cálculos aproximados que deben serles explicados de manera más detallada por un físico, y en lo posible abstemio.
(**) Claro, no incorporamos en estos a creyentes fundamentalistas.

 

CAPITULO III

 
 

LA ENTREVISTA

 

Al ver a los visitantes, Kurlo les habló cariñosamente olvidando por completo lo que había ocurrido en el apartamento minutos antes:
-Buenas noches- dijo afectuosamente- ¿En qué los puedo ayudar?
Se trataba de cuatro hombres de mediana edad, vestidos todos de la manera común en las personas pudientes de Buenos Aires. El más alto, con cara de cigüeña, portaba un pequeño maletín de cuero, otro de ellos, por el cabello rubio y cierto parecido con el jefe de las fuerzas de choque de Göering mostraba ascendencia alemana. Los otros dos eran de esas figuras corrientes que no trasmiten nada a la primera impresión, ni a la segunda, y posiblemente  tampoco a la tercera.
La amabilidad del dueño de la casa y el gesto amistoso con que les había recibido hicieron que todos le devolvieran la sonrisa con la misma gentileza. Pero a pesar de las diferencias de sus gestos, en ese instante los unificó algo que se hizo llamativo: la mirada de sorpresa. En el fondo nunca se imaginaron una actitud tan amable en alguien que tenía la fama de desnaturalizado de la persona que buscaban.
-Buenas- le respondió el que parecía comandar al grupo- ¿Es usted el señor  Mastrodoménico?
Sin quitar la expresión afable de la cara, Kurlo asintió con un gesto afirmativo y aumentó la luminosidad de sus ojos ahora más llenos de dulzura. Se movió ligeramente hacia un lado e insistió para que pasaran.


 -Sí, soy yo –reafirmó- ¿Qué desean?
-Querríamos hablar con usted. Es algo muy importante ¿Podría atendernos ahora?
-Seguro, pero pasen…pasen, están en su casa.
Los hombres franquearon la puerta seguidos por el anfitrión, quien ya adentro les pidió que se sentaran señalando los asientos del recibo. El lugar era muy amplio, tal vez más de lo normal por la eliminación de las paredes que había extendido la zona de recepción del apartamento. Los hombres observaron con curiosidad la extraña decoración y el desorden que reinaba, sin saber que habían sido ellos quienes la habían causado con el timbre. Un enorme mazo de alpaca pura guindaba de una de las paredes y tres bates reposaban en un porta bates de porcelana. Solo el hombre de los rasgos teutónicos pareció no darle mucha importancia al sitio y prefirió detallar al anfitrión.  Junto al sofá y los tres sillones del recibo había una serie de mesas colocadas unas al lado de la otra, en las que se encontraban instrumentos de química y de física de la más variada naturaleza. Aquello parecía ser más un laboratorio que el local de una vivienda.
Una vez que todos estuvieron sentados, Kurlo rompió el silencio:
-Bien, que les trae por aquí…
De nuevo habló el que parecía ser el líder:
-Bueno, antes que nada, mucho gusto, me llamo Estanislao Miquilena, ¿Conoce a Porfirio Thomas, cierto? Venimos por su recomendación.
-Sí, claro- respondió- hace algún tiempo que no lo veo, pero hemos tenido buenas relaciones.
-Perfecto, entonces podemos explicarle sin temor el motivo de nuestra visita. Es para algo parecido a lo que usted ha hecho para él-  Al decir esto, sus gestos faciales se alteraron un poco mostrando cierto temor y duda de si podría expresar sin reservas algo tan delicado como la razón de aquella visita.
Kurlo, ya más normal a media que las dendritas empezaban a despegarse después del intercambio de líquido cefalorraquídeo,  giró lentamente la cabeza para mirar uno por uno a los cuatro recién llegados. Rápidamente les detalló las manos, una costumbre aprendida de su abuelo, quien antes de morir atacado por un conejo enfurecido que le mordió la yugular cuando iba a volverlo a la cazadora, le dijo que en las manos de una persona estaban todos sus secretos. El viejo ya agonizando le explicó al nieto que su grosor determinaba la profesión y la fuerza, en sus uñas se descubría si era aseado, puerco o marico, si se las comía mostraba que era nervioso, el índice señalaba cuales eran sus peores vicios y el arrancarse los pellejitos lo identificaba como impaciente. El anillo o su ausencia indicaban el estado civil y las arrugas de los metacarpos la edad exacta y si sufría de artritis o de leishmaniosis. Ya cerrando los ojos completamente desangrado, en los estertores de la agonía el viejo le recomendó que tratara de verles las rayas de la palma de la mano a los desconocidos, porque allí estaban marcadas su longevidad, su fortuna y la intensidad de sus pasiones, y por ende todo lo que podía esperar del individuo.
Normalizado su estado emocional al acabar por completo el coito neuronal, su sonrisa de deleite desapareció sin dejar huellas y el semblante empezó a tomar el aspecto frío que siempre le caracterizaba. El parpadeo congelado y el rictus negativo que ahora emanaba de sus labios le trasmitieron a los presentes una sensación de desconcierto.
-¿Presumo entonces que vienen por un trabajo? –les inquirió con un acento cortante, casi repulsivo y que discordaba de la amabilidad anterior.
El tono de sus palabras era indeterminable, y por más que los otros trataron de sentirse normales aquella voz les perturbaba. La entonación que le dio a la pregunta también podría trasmitir una  respuesta, solo que era imposible descifrarle la intención. Podía ser un "Hay, que bueno, cuénteme ", pero igual se trataba de un "¿Están locos? ¿Que se han creído ustedes?“ O un “Váyanse, ya yo no hago esas porquerías". Con excepción de uno del grupo, los individuos se movieron perturbados y la atmósfera empezó a volverse difícil de respirar.
En cuestión de segundos el estado incómodo que se crea en las áreas cerradas cuando no hay armonía se apodero del sitio, hasta que uno de ellos tomó la palabra.
-Sí, en efecto, señor
Mastrodoménico, para eso hemos venido. Tal vez es un trabajo diferente, aunque Porfirio nos dijo que usted era el hombre más capaz en toda Argentina para hacerlo, y además el único que no lo rechazaría porque lo rige un elevado principio de justicia.
-¿De qué se trata? -respondió Kurlo, cambiando el aspecto frío del rostro por uno casi altanero. Su cuerpo macizo humilló la condición física inferior de sus interlocutores. La piel visible mostraba una vitalidad extrema y los músculos que se percibían bajo la camisa trasmitían agresividad en reposo.
Otro de los sujetos, un tipo medio regordete,  afectado por el cambio de tonos, dijo sonriendo:
-¿Usted como que es loco? Su cambio de actitud nos tiene confundidos…
No había terminado de decirlo cuando el matón se le vino encima, y aprovechando sus palabras para sancionar la interrupción que le causó el sonido del timbre, lo levantó en el aire y lo lanzó con fuerza contra una de las paredes aceradas. El cuerpo se estrelló estrepitosamente y en segundos el pobre hombre se desplomó sobre el pavimento tomando la forma de una foca mientras miraba con la boca abierta a sus compañeros asustados.
Levantándose de la silla, el medio alemán se dirigió al que yacía en el piso:
-Calma che…calma- Y hablándole esta vez a Kurlo dijo:
- Mire señor Mastrodoménico, no lo tome a mal, excúselo y vayamos al grano. Se nos ha dicho que usted trabaja en venganzas por encargo. Se le paga y le propina una paliza al que sea, el caso es que nosotros tenemos instrucciones de cerrar con usted un negocio grande para ese fin, claro, con el detalle de que la venganza en nuestro caso tal vez no es de las que está acostumbrado. 
Kurlo lo observó con frialdad, y en respuesta solo peguntó si alguien tenía un cigarrillo. Cuando uno de los presentes se lo ofreció y luego se lo encendió para tranquilizarlo, lo aspiró hasta ponerlo al rojo vivo. Miró al visitante que yacía quejándose pegado a la pared y se le acercó. Al estar más cerca aspiró soltando el humo, pero lo que parecía una fumada normal no lo fue. En un movimiento rápido y antes que nadie se diera cuenta, le clavó en el cuello la punta ardiente del cigarro. Apenas si le dijo:
-Gracias por apagármelo, se me había olvidado que no fumo.
El grito de dolor del hombre brotó desesperado. Pero al superar los sesenta decibeles Kurlo le dio una cachetada que lo volvió un simple lamento quejumbroso.
Los otros visitantes, impresionados por lo que habían visto, y convencidos de que con aquello la conversación había llegado a su final, ayudaron a parase al herido y se dispusieron a partir. Solo que antes que lo hicieran Kurlo les conminó de nuevo a sentarse, esta vez con un tono seco y autoritario.
-Siéntense y explíquense -dijo- los voy a atender porque ese es mi negocio… pero tengan cuidado, no saben el peligro que corren cuando mal entiendo algo.
Al terminar de hablar volvió a reposarse en el sillón en donde estaba antes que se desencadenara la violencia.
Del grupo otra vez fue el rubio quien habló:
-Gracias, y perdone a Tulio, puedo asegurarle que no quiso ofenderlo.
 Le dio a este una mirada de consuelo y prosiguió- Pero como le dije, hemos venido a un negocio de mucha importancia. Tal vez más de lo que se puede imaginar.
-¿De qué se trata? – preguntó el matón.
-Usted debe haber oído o leído sobre el monstruoso desfalco que le han hecho recientemente a la nación ¿Me equivoco?
Después de un prudencial silencio, como meditando la respuesta, Kurlo respondió:
-Si, ¿Y qué? esa es la historia de siempre en Argentina…
-Es correcto,- dijo el otro- Pero ahora hay una diferencia, se ha constituido secretamente una organización para liquidar corruptos.
En la cara de su interlocutor se dibujó un gesto de desconcierto.
-¿Una qué? –inquirió.
-Como lo oye, una organización para liquidar funcionarios deshonestos. A nosotros se nos ha comisionado para tomar medidas punitivas empezando con este sonado desfalco a la nación. Tenemos todas las pruebas de la sustracción. Pero el caso es que entre otras cosas, fuera de las múltiples denuncias que no son procesadas por los organismos controlados por ellos mismos y las vacuas demandas judiciales que podamos intentar, tenemos plenas facultades para pasar a extremos poco convencionales. En pocas palabras, a condenarles a muerte ¿Me entiende? Y si lo acepta, usted es la persona seleccionada para liquidar a los involucrados.
Kurlo movió su mano derecha como buscando el meñique de la izquierda, pero se contuvo. Esta vez, a pesar del estado de estrés que le produjo lo que había oído se limitó a abrir un poco más los ojos.
El que hablaba se extendió para completar lo que decía:
- Esperamos que por esta vía haya un escarmiento y se acabe con esa desgracia que hemos sufrido por tantos años. No sé si le interesa, pero la actual impunidad, junto al populismo de las bandas políticas para conservarse en el poder han sido los culpables de la bancarrota del país.
Hizo otra pausa:
-Lo que no sabemos es si usted es capaz de matar, una cosa es darle una paliza a alguien, aún tan terrible como se dice de las suyas, pero otra es expedirle el pasaporte para el otro mundo.
El matón detuvo la mirada en un porrón de claveles que había sido quebrado por el sonido del timbre un rato antes. Otra vez quiso quebrarse el dedo pequeño de la mano izquierda, pero de nuevo lo aflojó, y solo cuando sintió que estaba libre dijo:
-No tengo inconvenientes, pero el precio es alto.
Tres de los visitantes se miraron entre ellos, y luego de un gesto de acuerdo tácito sobre algo que sin duda ya estaba previamente analizado y decidido, respondieron casi al unísono en palabras y con gestos:
-No importa, estamos dispuestos.
El que había recibido la golpiza, aún con una mano agarrada al cuello por la quemada, apenas si seguía la conversación y no dijo ni una palabra temiendo despertar otra vez la ira de su agresor.
Fue esta vez quien se había manifestado como jefe del grupo el que ajustó:
- Sabemos que sus precios son los que se acostumbran para este tipo de trabajo, Porfirio Thomas nos dio los detalles de lo que cobra, es alto, pero siempre nos pondremos de acuerdo en el monto por persona. Considere que solo en este robo hay tres bandidos involucrados; como es obvio aquí no tenemos los detalles para que empiece el trabajo, eso se le suministraremos oportunamente, pero hay muchos otros casos, ahora  estamos terminando los expedientes para que no haya errores. Como puede ver es un trabajo largo y voluminoso.
-Quiero hacerles una observación
- replicó Kurlo-, no lo consideren como un rechazo, pero antes de darles una respuesta definitiva debo meditar sobre el asunto, no trabajo sin antes hacer un cuidadoso análisis de los que representa mi aceptación a cualquier negocio de esta naturaleza. Lo mejor será que mañana venga uno de ustedes para darles la respuesta.  Que sea ese tipo- concluyó señalando al que lo molestó-
Frente a aquella selección todos quedaron extrañados, pero en la cara del fulano adolorido se reveló un gesto de pánico que casi le cambia el color de los cabellos.
Al verlo, el jefe del grupo soltó una sonrisa que no pudo ocultar, y agarrando un teléfono que estaba en la mesa adyacente, dijo:
-Es comprensible lo que dice, voy hacer una llamada, ¿Puedo?
Apenas tomó el aparato Kurlo lo detuvo con un gesto rápido.
-No, ese no- dijo - Es solo para insultos…perdón, lo puede usar, si va a insultar a alguien…
Sin atinar a comprender lo que quería decir aquello, los presentes lo miraron extrañados. Pero al instante se los aclaró:
-Miren, esta no es una casa normal, aquí las cosas se hacen de manera distinta, pero estrictamente ajustadas a la lógica y a los principios de la ciencia. Tengo como norma no asumir riesgos ni equivocarme. Por si no lo saben, el sonido es algo físico como todo lo que existe en la naturaleza, y cuando se habla por teléfono, las ondas sonoras emitidas por la boca dejan restos de vibraciones  con el estado de ánimo que teníamos al hacer esa llamada las cuales se quedan incrustadas al aparato. Al realizar la siguiente, muchos de esos residuos energéticos se pegan en la voz y le dan un tono que podría ser distinto del que queremos trasmitirle al nuevo interlocutor. Ese teléfono que ha agarrado solo lo uso para insultos, regaños o reclamos violentos, así que dígame que sentimientos va a trasmitir con su llamada y le prestaré el aparato adecuado.
Diciendo esto, se paró, y le dio una explicación mostrándole un mueble con siete teléfonos colocados uno al lado del otro pero con algo que ligeramente les diferenciaba.


-Este es para conversaciones de duda, este para estados de angustia, el que le sigue es para dar cariño y comprensión- Se movió un poco y prosiguió -  Este solo es para obtener beneficios, el de al lado para hablar tonterías, y el ultimo para engañar, es decir informar sobre algo falso.
Al oír aquello el hombre abrió la boca sorprendido y preguntó:
-¿Pero es cierto? ¿Eso es posible?
-Si es cierto. Lo que le dije está probado. Por eso allí se encuentran aparatos destinados a las seis formas esenciales de la relación humana. Solo puedo agregarle algo. La mayor causa de los conflictos está en conversar con alguien por un teléfono que tiene acumuladas ondas sonoras y energía de estados espirituales diferentes del que queremos comunicar- Bueno, ahora tome el que necesite.
El hombre aun sin salir de la sorpresa, contestó:
-Mire, le creo, pero vamos a dejarlo así por ahora, me cuesta asimilar lo que me ha dicho. Llamo luego, no es tan urgente.
Desde el sillón a donde lo habían dejado, el tipo de la quemada aumentó su estado de angustia pensando que debería volver a encontrarse con ese extraño personaje.